Autor: Sylvia Lucía Rugeles Rugeles

  • Mariposas en el estómago

    Mariposas en el estómago

    Escribo esto mientras en mi reproductor suena una lista de canciones color rosa que hasta hace muy poco me producían una especie de escepticismo feroz.

    De una manera extraña, siento que las escucho a escondidas de mí misma. Como si una parte de mí todavía me observara con sospecha, ligeramente avergonzada de esta nueva vulnerabilidad. Como si permitirme sentir algo así implicara traicionar a la persona que, hace no tanto, había decidido volverse impermeable.

    Llegué a creer que la única manera sensata de sobrevivir emocionalmente consistía en no volver a entregarle a nadie la capacidad de desordenarme por dentro.

    Me prometí permanecer intacta. Habitar únicamente aquellos vínculos donde nada pudiera alcanzarme demasiado hondo. Convertir la distancia en una forma de inteligencia emocional. Confundir la contención con fortaleza.

    Me parecía más sensato vivir desde una superficie controlada, lejos de cualquier emoción capaz de alterar demasiado el equilibrio, fingiendo ignorar que no existen formas civilizadas de negociar con las emociones capaces de fracturar el orden ilusorio del control.

    Cerré la aplicación de citas cuando finalmente entendí que la abundancia de posibilidades dentro del catálogo humano no hacía más sencilla la conexión real; apenas sofisticaba las formas del desencuentro. Me divorcié del deseo de encontrar un par y me convencí de que los peces del mar más cercano llevaban demasiado tiempo aprendiendo a no sentir demasiado. 

    Renuncié.

    Y aun así, sin anuncio, sin planearlo, sin permiso y sin lógica, vuelve ese vértigo absurdo y maravilloso de sentir esa alteración física que durante siglos hemos decidido llamar, de manera sospechosamente poética, mariposas en el estómago.

    El sistema simpático, que no hace demasiado honor a su nombre, liberando adrenalina y dopamina con la suficiente intensidad como para que las canciones color rosa vuelvan a atravesarme. 

    Tal vez  todo esto no sea más que aprender nuevamente a bajar la guardia.

    Rendirse al placer liberador de soltar. Entregarse a la emoción confusa de la duda. Resetear el dolor del pasado. Volver a iterar entre el ensayo y el error. Confiar en el ahora. Abrazar lo desconocido. Reconocer lo que se había perdido.

    Hay algo profundamente nuevo en mi relación con este pequeño caos interno: la ausencia de cálculo.

    La tranquilidad extraña de no necesitar respuestas inmediatas. De no intentar convertir cada emoción en una promesa ni cada gesto en una garantía de permanencia. Como si por primera vez entendiera que los vínculos más vivos sólo pueden existir plenamente mientras permanecen libres del peso excesivo de las expectativas.

    Confieso que no deja de parecerme temerario escribir algo así en voz alta. Todavía no sé si estoy documentando el comienzo de una gran revolución interna o apenas un breve desorden neuroquímico con una excelente banda sonora.

    Lo importante aquí, más allá del desenlace, es entender que las cosas más genuinas rara vez aparecen cuando son perseguidas con ansiedad, estrategia o exceso de intención. Y quizá una de las verdades más incómodas, y al mismo tiempo más liberadoras, sea descubrir que las verdaderas conexiones sólo pueden crecer cuando uno aparece desde el principio sin demasiada curaduría emocional, sin máscaras publicitarias y sin el agotador trabajo de parecer más fácil de querer.

    La autenticidad radical de comenzar sin performance.

    To be continued…

  • Esto no es una pipa. Es inteligencia artificial

    Esto no es una pipa. Es inteligencia artificial

    Durante meses me resistí, con cierta dignidad tecnológica, a utilizar la inteligencia artificial. Me costaba no verla como una pequeña rendición ante el facilismo inmediato; algo en mí la asociaba con una forma casi mediocre de ceder terreno, y temía caer peligrosamente en la pereza mental. Desde siempre he tenido debilidad por todo lo que todavía exige un poco de paciencia: jamás pude acostumbrarme a los e-books, me siento más cómoda tomando apuntes en libretas de papel y añoro los tiempos en que había que revelar las fotos para descubrir, días después, si la emoción de ese momento había logrado sobrevivir dentro de una imagen.

    Siendo estudiante universitaria, desarrollé una profunda curiosidad por el arte disruptivo y el imaginario publicitario que emanaba de las obras de Andy Warhol, Roy Lichtenstein, René Magritte (“esto no es una pipa”) y hasta del mismo Salvador Dalí (creador del logo de Chupa Chups). Me intrigaba profundamente esa capacidad de convertir el consumo, los símbolos y la cultura popular en algo inquietantemente artístico.

    Había algo casi hipnótico en la manera en que una imagen podía alterar nuestra percepción de las cosas, volver deseable un objeto cualquiera o transformar una idea simple en algo cargado de significado emocional. Ese fenómeno me parecía un reto fascinante y tal vez esa haya sido la razón por la que escogí estudiar publicidad, aunque años después terminaría alejándome de la tarea de fabricar deseos de consumo para acercarme a una comunicación más ligada a lo humano, lo social y lo real.

    Esa búsqueda de lo real y lo auténtico, en la que me he debatido durante los últimos años mientras intento encontrarle algo de sentido al uso de las redes sociales, los filtros en las fotos, las letras del reguetón y la fascinación contemporánea por artistas fabricados más para la imagen que para el talento, tiene mucho que ver con la incomodidad que hoy me produce el avance de la inteligencia artificial dentro de las industrias creativas.

    Mis colegas empezaron a presumir y a burlarse un poco. ChatGPT les resolvía tareas en segundos y yo seguía instalada en cierto arcaicismo manual, revisando la ortografía de un documento palabra por palabra o leyéndome informes de principio a fin para encontrar métricas escondidas entre páginas. Empecé a sentirme un poco relegada en el tiempo, ligeramente out, casi autoexcluida de una conversación que parecía avanzar sin mí, así que un día, más por curiosidad que por convicción, terminé cediendo y empecé a usar la herramienta. No pasó mucho tiempo antes de que estuviera consultándole hasta por la causa de los ronquidos de mi perra.

    ¿Me ha facilitado la vida? Sí. ¿Me he encontrado evitando pequeños esfuerzos mentales que antes asumía de manera natural? También. Lo inquietante no fue descubrir lo útil que podía resultar, sino la velocidad con la que empezó a ocupar espacios cotidianos.

    Muchas dependencias contemporáneas parecen instalarse así, de forma cómoda, eficiente y aparentemente inofensiva.

    Ahí empieza el verdadero problema: no en la existencia de la herramienta, sino en la facilidad con la que comenzamos a entregarle procesos que antes exigían atención, criterio, imaginación y, sí, también duda.

    Rostros generados que no terminan de evocar la emoción de un verdadero retrato, voces artificiales, celebridades recreadas digitalmente cenando en restaurantes que jamás han pisado, tendencias fabricadas para parecer espontáneas.

    La ilusión de autenticidad empieza a volverse tan convincente que la confusión entre lo real y lo fabricado ya casi parece irrelevante. 

    “¿Será IA?” Da igual. Mientras parezca real, será suficiente.  

    Ya no se trata solo de fake news; es la normalización de una realidad fabricada. Y eso, para mí, no solo resulta alarmante, sino profundamente desalentador. Porque cada vez siento más cerca una lenta erosión de aquello que hacía valioso este oficio: la mirada humana detrás del mensaje, la sensibilidad, la intuición y hasta la imperfección.

    No quiero romantizar el esfuerzo innecesario ni fingir superioridad moral frente a la tecnología. Yo también la uso. También cedo. También disfruto la rapidez con la que resuelve cosas. Pero hay una diferencia entre utilizar una herramienta y renunciar lentamente a ciertos procesos que antes nacían de nuestro criterio, de nuestra capacidad de observar, de conectar ideas y de interpretar el mundo desde una experiencia propia.

    Mientras la IA consume mi profesión, he elegido seguir moldeando las ideas con las manos, aunque tome más tiempo, aunque mis colegas me miren como si perteneciera a otra época, porque temo el día en que ya no podamos distinguir entre una emoción humana y una perfectamente simulada.

  • El año de la Serpiente de Madera y la muda de piel

    El año de la Serpiente de Madera y la muda de piel

    El 2025 empezó con un sello nuevo en el pasaporte y una ruta trazada en un país completamente nuevo. Con una mudanza hecha más de expectativas que de objetos, un equipaje cargado de ilusión y de esa esperanza frágil que se parece mucho al miedo cuando se mira de cerca. Todo parecía un comienzo sin saber que, en realidad, era el inicio de una despedida.

    No tardó en hacerse evidente.

    El año apenas estaba aprendiendo a caminar y yo ya estaba despidiéndome de una versión de mi vida que había cruzado fronteras para existir. Una despedida de un futuro imaginado con detalle: un nuevo idioma, la ciudad, la rutina, los domingos, la idea de “así será”.

    Y de pronto no era.

    Entonces vino el regreso. Aterrizar otra vez sin poder poner todavía los pies sobre la tierra. Desempacar lo que no había alcanzado a vivir, ordenar por dentro lo que por fuera aún no tenía forma, reorganizar la vida mientras el desorden en la mente seguía ocupando todo el espacio.

    Me vi obligada a pausar la tristeza y a cerrarle la puerta, temporalmente, a la reflexión. Había algo que llevaba meses construyéndose y no podía detenerse ahora. Un proyecto de trabajo que había cuidado con tiempo, con desvelo y con demasiadas horas encima como para dejarlo caer. Así que volví a empacar y regresé a México: a sostenerme en el trabajo, a distraer el alma en una pasión que también es refugio, con la sensación confusa pero necesaria de estar cumpliendo una misión.

    No podía permitirme que todo se viniera abajo al mismo tiempo. Y me consolaba, tal vez de forma ingenua, tal vez insuficiente, con la idea de que al menos una parte de mi vida seguía en pie.

    Funcionó.
    El proyecto salió bien. Muy bien. Hubo aplausos, palabras bonitas, medallas virtuales en LinkedIn. El deber estaba cumplido y yo me aferré a eso como quien se agarra a una baranda en medio de una escalera interminable en forma de caracol. Y aunque por dentro la tristeza seguía ahí, un poco enterrada, un poco callada, el trabajo la mantenía a raya. No la curaba, pero la contenía. No la resolvía, pero la ordenaba lo suficiente como para seguir andando, anclada en esa sensación de logro, de propósito, de estar haciendo algo que importa.

    Cuando el ruido bajó y se apagaron los focos, la agenda se quedó en blanco por primera vez en semanas. Entendí que también necesitaba otra cosa. No más validación, sino silencio. No más rendimiento, sino presencia.

    Me quedaban días de vacaciones y el bolsillo me lo permitía, así que me regalé una pausa. Un espacio donde no tenía que ser fuerte, ni clara, ni productiva. Viajé al lugar donde siempre han estado los que me sostienen cuando todo lo demás se mueve, donde no tengo que explicar quién soy.

    En junio apareció un bálsamo. Madrid llegó como llegan las manos amigas cuando no sabes muy bien cómo habitarte sola. Caminatas largas, risas que no preguntan nada, conversaciones que no exigen explicaciones, recuerdos que no duelen sino que arropan. Volví a encontrarme en un espejo antiguo: la que se ríe fácil, la que escucha música en la calle, la que baila sin mucho ritmo y sin ninguna justificación.

    Volví distinta. Un poco más fuerte y con ganas de volver a intentar caminos nuevos.

    Una habitación vacía en Ciudad de México me esperaba como una página en blanco. “Borrón y cuenta nueva”, me repetía internamente mientras afinaba la punta del lápiz con el que iba a escribir un nuevo capítulo emocionante.

    Y justo entonces, como si la vida tuviera un extraño sentido del timing, otra puerta se cerró. Otro territorio se desdibujó. Otro “aquí tampoco era”.

    Y ahí vino el verdadero aterrizaje. No el de los aviones ni el de los mapas, sino el de quedarse. Dejar de mover cajas pequeñas y empezar a desempacar de verdad. Sacar lo que pesa, lo que duele, lo que todavía no tiene nombre.

    Ya no había viajes ni proyectos que taparan el silencio y, por primera vez en mucho tiempo, no había un “después” claro al que aferrarme. Solo ese tiempo abierto y la pregunta que siempre incomoda: ¿y ahora qué?

    No apareció ninguna respuesta grande. No hubo revelaciones ni decisiones definitivas. Lo que hubo fueron gestos pequeños. Días que no dolían tanto. Mañanas un poco más livianas. Domingos pausados, la tranquilidad de haberlo dado todo y la aceptación suave de que no todo depende de mí.

    No fue un año fácil, pero sí fue un año que me enseñó, a la fuerza: que no todo lo que parece estable lo es; que no todo lo que se construye se sostiene; y que hay despedidas que no vienen con palabras, sino con silencios largos, a veces eternos.

    Fue el año en el que solté planes que no quería soltar.
    El año en el que entendí que a veces uno no solo pierde personas, trabajos o lugares: pierde la idea de quién iba a ser ahí. Y eso duele distinto.

    Y aun así, el 2025 no se cerró donde empezó.
    Retomé mi proyecto personal. Me dejé tocar por cosas más pequeñas y más vivas. Le di más tiempo a lo que no hace ruido: leer, escribir, estar. Y en ese fluir sencillo, tan orgánico, tan honesto y tan bonito, empezaron a abrirse puertas que no necesitaban promesas.

    Desempolvé el coraje de quien emprende sin miedo y me fui desconectando, poco a poco, de la validación innecesaria. Entendí que el corazón no estaba roto, sino cansado. Volví a creer en la posibilidad de un amor tranquilo, suave, genuino. Siendo yo. Siempre yo.

    Y el 30 de diciembre, a las nueve de la mañana, justo cuando el año ya estaba por terminar, llegó a este mundo Juliana, mi segunda sobrina. Como la cereza inesperada sobre el pastel imperfecto. Y eso, por sí solo, es suficiente para decir que el 2025 valió la pena.

    No fue el año de construir, fue el año de la Serpiente de Madera: el año de mudar de piel, de dejar caer lo que ya no era verdad, de quedarme sin mapa, de caminar sin saber. Gracias, 2025: aunque hayas dolido, fuiste honesto y me devolviste a mí.

  • Navidad, familia y preguntas innecesarias

    Navidad, familia y preguntas innecesarias

    ¡Sí tía: soltera, feliz, al frente y sin novedades!

    Diciembre tiene esa capacidad particular de reunir lo que el año y, a veces, la vida se encargan de dispersar: historias familiares, versiones del pasado, memoria compartida y los hilos invisibles que nos unen con personas que creíamos lejanas.

    Hace poco asistí a un reencuentro familiar con ramas completas de mi árbol genealógico que no veía desde hace décadas. Lo que empezó como un gesto pensado para mi padre terminó reuniendo a cuarenta personas, muchas de ellas reencontrándose tras largos silencios. Familia que llevaba tiempo sin venir al país, primos que no conocía, distintas generaciones compartiendo un mismo espacio, como si la historia familiar se hubiera desplegado de golpe frente a nosotros.

    Sin lugar a dudas, la presencia más especial fue la de mi tía abuela. Ochenta y cinco años de historias concentradas en un cuerpo pequeño, aún vanidosa y coqueta, con los ojos encharcados de emoción y la franqueza sin concesiones que solo se permiten los niños y los viejos. Desde su silla, iba repartiendo observaciones hacia los demás sin rodeos ni diplomacia: quién estaba más gordo, quién se veía más viejo, quién había cambiado demasiado o a quién no recordaba del todo.

    «¿Y sumerced quién es?» decía sin el menor asomo de filtro.

    La encontré tan auténtica y tan graciosa que, sin pensarlo, me senté a su lado.

    Me miraba con una curiosidad genuina, evaluándome en silencio. Empezó a contarme historias de cuando era joven: que montaba a caballo a pelo con sus hermanas, que salían solas, que no les faltaban admiradores. Lo decía con una mezcla de orgullo y pudor, aclarando siempre que jamás les daba “el aquello”.
    “No, no, mijita —me dijo—, eso es solo para el papá de sus hijos”.

    Y entonces llegó la pregunta inevitable, sin rodeos ni antesala:
    —¿Y usted, mija… no está casada?
    —No.
    —¿Hijos?
    —Tampoco.

    Guardó silencio. Luego me preguntó mi edad y, cuando le dije el número, sus ojos ya no estaban encharcados sino abiertos de pura estupefacción. No podía creerlo (piropo aceptado). Pero, aun así, le resultaba inconcebible que, llegada a ese punto de la vida, yo no hubiera formado hogar ni dejado descendencia.

    Me encomendó buscar pareja de manera urgente, acompañando el encargo con un pequeño discurso sobre lo buenos que salían los hombres de nuestra tierra. Y remató con una sentencia dicha con total naturalidad, sin mala intención, como una verdad universal aprendida de memoria:

    —la mujer a los quince es rosa,
    a los veinte es hermosa,
    a los treinta es vaca
    y a los cuarenta… es caca.

    Lo dijo así. Tranquila. Convencida.

    Solté una carcajada que atrajo la atención de los de la mesa.
    —Y entonces, tía, ¿yo ya estoy en la fase caca?

    Se rió conmigo y me abrazó fuerte.
    —No, mija. Todavía no. Pero ya va siendo hora.

    Por supuesto no había nada que juzgar: así fue criada su generación, así aprendieron a mirar el mundo y a mirarse a sí mismas. La pintoresca reflexión de la tía pasó de mesa en mesa provocando la gracia y la ternura de todos, pero el eco se quedó conmigo, llevándome a pensar en la forma histórica en que se han construido esos patrones que, aunque hoy parezcan superados, siguen dejando huella en cómo se mide el valor de una mujer, especialmente cuando no encaja en los moldes tradicionales.

    A mi tía le enseñaron que ese valor tenía fecha de vencimiento; que el cuerpo era capital, que la juventud era moneda y que la soledad era fracaso. Generaciones enteras crecieron creyendo que no se trataba de un proyecto propio, sino de un tránsito: de hija a esposa, de esposa a madre y de madre a abuela. Punto final.

    Yo, sentada ahí, sin marido, sin hijos, con historias, con cicatrices, con una vida que no cabe en ese refrán, era la prueba viviente de que el guión ya no se cumple. Y eso, para ella, no era liberador: era desconcertante.

    Tal vez por eso insistía.
    Tal vez por eso le urgía “arreglarme”.

    Le dije que me pondría en la tarea sugerida. Sí, le mentí para dejarla tranquila. No porque dudara de mi camino, sino porque entendí que, a su edad, algunas certezas no se discuten: se respetan. 

    Regresé a la casa pensando en cuántas veces esa idea, más maquillada, más moderna y más sutil, sigue apareciendo en preguntas incómodas, en miradas de lástima, en consejos no pedidos.

    Somos mujeres que eligieron o están eligiendo narrarse distinto. Y por estas fechas conviene recordarlo, porque en más de una mesa familiar nos preguntarán por la vida como si existiera una sola manera correcta de vivirla. Habrá que ignorar la pregunta, reírse de ella o replantearla:

    “Tía, ¿por qué mejor no me pregunta si soy feliz?”

  • Monólogo Urbano

    Monólogo Urbano

    —¿Por qué has venido?
    No lo sé muy bien. Tal vez ha sido una de esas escapadas en las que intento retarme a explorar la incomodidad desde otro ángulo.

    —¿Otro ángulo?
    Sí. Otros aires, otras calles, otros ruidos, otras personas. Verás, no me gusta encasillar la línea de tiempo de la vida en años, pero, aunque suene a frase de cajón, este justamente no ha sido nada fácil.

    —Nada es fácil en la vida.
    Lo sé, no he venido a quejarme; la víctima ya no existe. Aquí me tienes más fuerte, más guerrera, más sabia, más humana, y aunque tus aires, tus calles y tus ruidos me transporten a recordar lo que me hacía latir, estoy segura de que no soy la misma de antes.

    —¿Qué cambió?
    La forma de verme frente al mundo; la obstinación de mirar hacia otro lado, de no actuar, de guardar silencio ante lo que contaminaba, sigilosamente, lo que verdaderamente importaba.

    —¿Y qué es lo que verdaderamente importa?
    Pues no es el trabajo, ni los pines que pones en el mapa, ni el dinero que ganas o dejas de ganar; tampoco el “qué dirán” de los demás ni los aplausos que hoy se buscan en LinkedIn. Lo que importa en esta vida es atesorar la riqueza más grande que uno puede encontrar: la gente bonita.

    —Ummm… ¿gente bonita?
    No es lo que piensas. Me gusta llamar así a las personas que dejan huella, que están cuando deben estar, las que respaldan sus palabras con actos. La gente bonita es aquella cuya presencia transforma lo cotidiano en algo extraordinario.

    —Entiendo. Es fácil dejarse llevar por espejismos, y a veces tardamos más de lo justo para darnos cuenta de que lo valioso nunca estuvo en lo que perseguíamos afuera, sino en lo que sostenía lo de adentro. Pero más vale tarde que nunca, ¿no?

    El tiempo… ese es un concepto que no deja de dar vueltas en mi cabeza. A veces lo percibo largo, generoso y paciente; y, de pronto, se encoge, tan efímero, que un segundo en silencio se convierte en todo lo que tengo… y todo lo que pierdo.

    —¿Qué tienes? ¿Qué pierdes?

    Me tengo a mí, a mis raíces sólidas como las de tus ceibas, con las heridas cicatrizadas, un carácter más fuerte, un alma liviana y llena de color, como tus jacarandas de abril.

    Lo perdido ya no está; es tiempo de volver a encontrar.

    — ¿He servido para encontrar lo que buscas?
    Aquí he recuperado partes de mí que creí perdidas y he dejado atrás lo que ya no tenía lugar en mi vida. Tus calles me han dado espejos. Tus ruidos me han devuelto los silencios reflexivos. Pero no es cuestión de geografía: el amor, la calma, la nostalgia y las ilusiones se llevan siempre adentro, y es ahí donde todo viaje comienza y termina.

    —¿Tienes claro el próximo destino?
    No. He comprendido que el propósito no es arribar a una estación, sino transitar el recorrido con plena conciencia, dejando que cada instante se vuelva experiencia, que cada tropiezo enseñe, que cada hallazgo transforme. El secreto no está en anticipar el final, sino en habitar la intensidad del trayecto, agradeciendo lo que se revela en el movimiento mismo.

    —¿Volverías?
    Aquí se vuelve siempre. Uno regresa no solo a los lugares donde ha sido feliz, sino a aquellos que se convierten en memoria viva, en territorio íntimo donde lo propio y lo ajeno dialogan sin conflicto.¡Qué chingona eres, México! Tú, como la gente bonita, siempre te has mostrado con tu misma cara: caótica pero emocionante, ruidosa pero llena de vida, auténtica, diversa y fascinante. En cada capítulo en el que me has acogido, he descubierto una versión más plena de mí misma, habitada de matices, ecos y nuevas posibilidades.

    » – Sí. Soy Mexicana.
    – Chavela, pero usted nació en Costa Rica.
    – ¡Los mexicanos nacemos en donde nos da la rechingada gana»
    Chavela Vargas

  • Fábula Onírica

    Fábula Onírica


    Estoy en la finca de la familia, pero no veo la casa como es hoy; frente a mí está la versión original, la de antes de la reforma, la de antes de que los abuelos se fueran. Sentada en el pasto, con las piernas cruzadas y los pies descalzos, tengo a mi lado a los perros mirando a la nada, igual que yo. De repente, sin aviso, echan a correr despavoridos como si una amenaza invisible y mortal se acercara. Reacciono e intento seguirlos, pero no puedo correr; me pesan las piernas como si tuviera piedras atadas a los tobillos. Cada paso es una eternidad. Mi mundo está en cámara lenta y el de ellos avanza a toda velocidad.

    No me angustia la supuesta amenaza, lo que me aterra es que ellos se pierdan y no encuentren el camino de regreso. En medio de la impotencia, me percato de que estoy soñando… y que puedo volar. Doy un salto y, sin esfuerzo, me desprendo de la tierra. No aleteo como un pájaro, avanzo como si nadara bajo el agua, abriendo paso con los brazos y las piernas como las ranas.

    Gano velocidad, pero ya no escucho a los perros. Los he perdido y el paisaje ha cambiado; una bruma espesa lo cubre todo y ya no distingo hacia dónde me dirijo. A lo lejos veo la silueta de alguien que ha elegido irse. Es casi imperceptible, pero yo tengo muy claro quién es. He olvidado porqué temo y a quiénes busco… ¿Qué hago aquí?

    Intento pedirle auxilio, pero no me sale la voz; me esfuerzo por liberar un grito desesperado, pero me he quedado muda. La silueta se pierde en la oscuridad y caigo al suelo derrotada, ya no puedo volar, ya no quiero volar.

    “¡Esto es un sueño, carajo, despierta!”. Sé que no es real, pero, aun así, no puedo abrir los ojos.

    No recuerdo desde cuándo empecé a tener sueños tan vívidos; de esos que, aun sabiendo que no pertenecen a este mundo, me envuelven como una marea densa de la que no puedo salir. Allí adentro, todo es posible… menos escapar. Si creyera en fuerzas ocultas, en desdoblamientos o en ese tipo de fenómenos, probablemente les atribuiría la culpa. Pero no: es mi cerebro y sus reacciones químicas, tejiendo una fábula onírica, una metáfora desbordada de los miedos que callo cuando estoy despierta, un reflejo distorsionado de lo que no me permito sentir a la luz del día.

    En los últimos meses, estos sueños se han vuelto más frecuentes. No es casualidad. Ha sido un año áspero, de despedidas inesperadas, de ausencias que dejaron un eco largo, de certezas que se resquebrajaron sin previo aviso. Cada vez que empiezo a recuperar el equilibrio, una nueva sacudida me arrebata el suelo. Es como si las anclas que me sostienen tras cada tormenta se soltaran una a una, dejándome a la deriva justo cuando creía haber encontrado calma.

    Despierto. Abro los ojos y los cuatro perros están al lado de la cama saludándome como si, mientras dormía, me hubiera ido a otro lugar. Los animales tienen esa certeza silenciosa: nunca se irán de quien los quiere por voluntad propia. Me levanto con la sensación de no haber descansado, pero me visto para hacer ejercicio. Entre repeticiones y respiraciones aceleradas, me pregunto si no será demasiado dramático escribir sobre esto en mi blog. ¿A quién podrían interesarle mis angustias? ¿Tengo derecho a desahogar penas que, frente a las verdaderas catástrofes del mundo, son realmente minúsculas? Nadie ha dicho que vivir sea fácil; todos hemos tenido que despedirnos de alguien, de algún lugar o de versiones de nosotros mismos que creíamos definitivas, y aquí estoy yo, otra vez haciendo catarsis con palabras.

    A veces pienso que sería más mainstream, y con toda seguridad más llamativo, dedicarme a escribir sobre consejos de belleza o recomendaciones de restaurantes de moda; seguro así aumentaría seguidores en Instagram y evitaría mostrar mi lado más frágil. Pero, ¿qué le vamos a hacer?, si casi siempre es de la incomodidad de donde nacen las verdades más puras, las transformaciones más hondas y las historias que realmente nos tocan.

    Regreso del gimnasio y me pongo frente al computador a escribir este post. «No voy a dejar este escrito en el bloc de notas», pienso; eso sería invalidarme, y de esa sensación he venido huyendo desde hace un tiempo. Y sí, lo sé: hay dolores en el mundo que eclipsan al mío, historias que se narran con sangre y pérdida irreparable.

    Con frecuencia me juzgo por escribir sobre lo que me duele, como si existiera una medida oficial para decidir qué merece ser contado y qué no. Pero luego recuerdo que el dolor no compite; que no hay una vara para determinar qué aflicciones pesan más que otras; que lo que aprieta el pecho y nubla los días merece ser atendido, aunque otros sufran tormentas más feroces.

    Sentir sin prejuicio es un acto de valentía, como esos miedos que, en la penumbra de los sueños, se liberan de las cadenas del qué dirán para existir a su antojo. A veces no se trata de cargar el dolor con discursos grandilocuentes ni con promesas gastadas de “todo pasa porque algo mejor está por venir”. La verdad cruda es que el dolor no siempre llega con un sentido existencial, ni con una recompensa escondida.

    “Shit happens” -dicen-, y en ocasiones, por mera casualidad, el universo decide enviarnos todas las batallas al mismo tiempo. Por sentido de supervivencia nos ponemos la armadura y hacemos buena cara. Buscamos el lado bueno, el “¿para qué?”, no el “¿por qué?”, y todas esas frases que inundan los best sellers de autoayuda en las librerías, pero pocos de esos gurús nos dirán que a ratos está bien, y es necesario, llorar, rabiar y despotricar sin pretender encontrarle una explicación a todo.

    Estar entera no significa ser inmune al dolor. Lo más honesto es reconocer que quizá no se marche, sino que se disimule entre los días buenos y las nuevas ilusiones. Camina con nosotros porque esa vulnerabilidad revela lo que realmente nos importa y nos conecta con nuestra esencia más profunda.

    Sí, entre más sensibles, más sufrimos, pero esa misma sensibilidad, aunque a veces molesta, es lo que nos hace plenamente auténticos. Por eso, cuanto más le huyamos durante el día, más resonará en la oscuridad de los sueños, donde no hay máscaras, solo la verdad desnuda que se atreve a hablar.

  • El último paso

    El último paso

    Aunque no existe un manual, todas, por experiencia propia o ajena, conocemos las fases que se desatan tras una ruptura. Basta con escribirlo en Google para que aparezcan alineadas como una coreografía universal: la negación, el dolor, la ira, la esperanza, la desilusión de la última caída… y, al final de todo, la aceptación. Pero de lo que ocurre después de ese huracán, se habla poco.

    Aceptar no fue un momento exacto, sino una decisión que tuve que repetir en voz baja cada día. Una calma que al principio se sentía sospechosa, como esa quietud rara que llega justo después de una tormenta y que no se sabe si es alivio o antesala del próximo trueno. Pero cuando entendí que era real, que no era una trampa del clima emocional, quise volver a lo esencial: mi espacio, mi gente, mi cuerpo, mi voz. 

    Y es que tras la aceptación, llega algo tal vez más complejo: habitar lo que sigue. Reencontrarse en un espacio sin drama, reconociendo lo propio y lo real, sembrando sobre la aridez que antes parecía infértil. Como cuando se camina descalza por la orilla y la arena húmeda sostiene el peso sin ceder, así se siente pisar esta nueva tierra: firme, serena, inesperadamente amable.

    Así se dibujaron, sin saberlo, las fases de mi “después”:

    La familia como nido primario

    Después del desgarro, volví al origen. No buscando respuestas, sino quietud y silencios cómodos. La familia, con sus rutinas intactas y su amor que no exige espectáculo, fue el primer refugio.
    Ahí donde no hace falta explicar nada, pude simplemente ser: torpe, triste, y habitarme en pausa. Bajo ese abrigo genuino, hecho de miradas que no interrogan y presencias que no se van, me permití llorar, enojarme, quedarme quieta. Fue la fase en que no tuve que fingir que estaba bien. Estar ahí era suficiente.


    Volver a mí: espacio, cuerpo y respiro

    Mi casa dejó de parecer un eco. Volví a dormir en el centro de la cama, regué mis plantas como si al tocarlas me cuidara también a mí. Puse en bucle el último disco de Leiva y convertí mi sala en mi propia pista de baile. Amanecí escribiendo sin toque de queda. Repetí todas las películas de Wes Anderson y la serie de Paquita Salas sin negociar el género. Re-decoré espacios y me entró el interés por hacer collage.  Volver a mí fue también eso: recuperar mis manías, mis playlists, mis horarios torcidos. Y en ese espacio íntimo, sin miradas ajenas, empecé también a habitar el cuerpo. Moverme, sudar, respirar hondo.

    La soledad dejó de ser ausencia y pasó a disfrutarse como territorio propio.

    Un tropiezo llamado Bumble

    Volver a la aplicación no fue un acto de fe, sino una recaída disfrazada de experimento. El scroll anestésico para matar el domingo me recordó que esa fórmula cada vez funciona menos, no porque yo estuviera mal, sino porque ya no era la misma. Y, aun así, entre el tedio y los perfiles reciclados, apareció un sin nombre propio que me recordó las presencias tranquilas, la admiración orgánica, el volver a contar y escuchar historias. Sin salvadores ni historias de película, reaparecer en el catálogo digital de humanos me clavó una inyección de ego que, de vez en cuando, no viene nada mal.

    Volver a los lugares donde se fue feliz

    Compré un billete para cruzar el charco. No para escapar, sino para regresar. Volver a las calles, los cafés, los rincones donde alguna vez fui feliz, pero esta vez con otros ojos, otro ritmo, otra piel. Abrazar de nuevo a mis amigos, esos que han sido testigos de varias versiones de mí: las que me vieron florecer, desmoronarme y rearmarme sin juicio. Porque hay viajes que no se hacen para revivir lo que fue, sino para reescribir la memoria desde la alegría compartida.

    Hoy me bajo del avión y desempaco más que ropa: saco aprendizajes, risas, nostalgias que ya no duelen y una versión de mí que vuelve más liviana. Continúo soltando las riendas para que la vida fluya sin tanta exigencia. Dejo de recriminar los errores del pasado y enfoco mi energía en afinar esa brújula interna que me ayuda a no cargar mochilas ajenas en senderos nuevos.

    Vuelvo con un jetlag de emociones y con la ilusión intacta de seguir amándome con más verdad, con más ternura, con más fuerza.

    Mañana saldré a comprarme flores de bienvenida y gritaré para mis adentros —como quien se da el abrazo que necesitaba hace tiempo: soy feliz, y esta vez no porque todo esté perfecto, sino porque por fin me tengo entera.

  • El espejo no miente

    El espejo no miente

    Hacía un buen tiempo que no me detenía a mirarme en el espejo. No para analizar minuciosamente cuántas marcas o arrugas nuevas habían asomado, sino para observarme de verdad, desde adentro. Como una espectadora externa que, a pesar de conocer al detalle lo que ve, aún espera dejarse sorprender con algo nuevo. Como si, al abrir bien los ojos, pudiéramos encontrar esa respuesta que tanto buscamos. Como si el reflejo, de pronto, empezara a hablarnos desde el otro lado del marco.

    Primero vi a la niña desparpajada, la que en sus primeros años de vida no conocía la vergüenza para hablarle a cualquier extraño, la que trepaba descalza en los árboles y se tiraba al agua en ropa sin miedo al peligro o al regaño de sus padres, la que se inventaba canciones y rimas y soñaba con que algún día fueran famosas. Sentí nostalgia -como de querer abrazarme – y quise viajar en el tiempo para recordarme que disfrutara lo que más pudiera de esos años, en los que la única preocupación era alcanzar a llegar el lunes con la tarea de matemáticas. Después vi el reflejo de mi adolescencia, época dura y confusa, llena de interrogantes que me empezaban a sacudir mis certezas sobre la vida, los sueños, el futuro y las inseguridades que durante mucho tiempo no supe manejar. Y luego volví a la adulta, a la de hoy, la que ha tenido que sostenerse muchas veces en la deriva, la que ha buscado amar con transparencia y un poco de locura, la que se ha caído y se ha levantado secándose las lágrimas con las mismas manos con las que escribe.

    Me acerqué a mi reflejo y ya no me vi rota. Le pedí perdón a mi versión chiquita por no haberle cumplido a cabalidad sus sueños. Le pedí tiempo a la adolescente para terminar de resolver los issues que aún aquejan y le prometí a la adulta que a partir de entonces ya nada sería como antes; y aunque aún había algo de polvo a mi alrededor, una sonrisa genuina me invitó a terminar de barrer del suelo las esquirlas de un corazón roto. Tomé mi reflejo como una proyección del futuro y me di la vuelta para tomar un camino distinto. Uno en el que no me olvido de mí, en el que me abrazo tanto en la derrota como en el triunfo, en el que escucho lo que me dicen las entrañas y dejo de traicionarme por miedos infundados. Un camino donde no persigo lo que no quiere quedarse, donde no negocio mi paz a cambio de promesas rotas, donde me vuelvo a elegir cada día, incluso cuando el ruido de afuera intente hacerme dudar. Un camino que no promete certezas, pero sí coherencia. Porque después de romperse y volver a armarse, se entiende que el verdadero compromiso no se trata de sostener lo ajeno, sino de no traicionar lo que uno ya sabe. Y que avanzar no siempre es correr: a veces es detenerse, observarse y empezar a andar más lento.

    Sanar no es olvidar, es desprenderse de lo que arde aunque quede cicatriz. Es darse tiempo para reencontrarse en el silencio y en la soledad, permitirse volver a armar las piezas de una mejor versión, perdonar… y perdonarse. Y entonces, en el momento menos pensado, cuando la vida ya fluye distinto, cuando se respiran otros aires, me encuentro otra vez inventando canciones y bailando, incluso cuando no hay música.

  • Adictas a lo que sobra

    Adictas a lo que sobra

    «Las sobras para los perros» escuchaba decir a algún adulto al terminar un gran almuerzo familiar en la finca. Lo decían sin malicia, como quien repite una regla no escrita del orden doméstico: primero los invitados, luego la casa, y al final —cuando ya no queda ni hambre ni ceremonia—, los perros. A mí esa frase me sonaba a injusticia. ¿Por qué lo que queda y no lo que se elige? ¿Por qué lo que ya nadie quiso?

    Ignorando las indicaciones,  yo les daba bocados de la mejor parte del lomo por debajo de la mesa con la responsabilidad de que se sintieran priorizados.  Me miraban con esos ojos redondos, brillantes, como si supieran que de mí podía venir un pequeño acto de justicia, aunque fuera envuelto en grasa de cerdo y migas de pan. No lo hacía por rebeldía, o tal vez sí, pero era más fuerte el impulso de dignificar su espera.

    Mientras los adultos reían, brindaban y desbordaban las bandejas con generosidad humana, yo pensaba en lo que quedaba fuera del festín: los silenciosos, los pacientes, los que esperan. Y en ese gesto escondido bajo la mesa, en esa alianza secreta entre mis dedos y sus hocicos ansiosos, aprendí que el cariño también se sirve caliente, a tiempo, y con intención. Al caer la tarde, la jauría se disputaba sin drama los huesos pelados, aún tibios, con alguna hebra de carne aferrada a la médula y rastros dispersos de lo que a nadie le despertó el apetito. Y eran felices. No pedían más. No esperaban más. Había en ellos una aceptación que podría llegar a rozar con la sabiduría.

    Tal vez todo sería más fácil si fuéramos un poco más perros y menos humanos. Si pudiéramos ser felices con migajas y con lo que cae por descuido, atravesaríamos la vida con menos expectativas y menos heridas. Nos bastaría un gesto tibio -casi frío-, una compañía fugaz, un rincón donde echarnos sin hacer preguntas. Y aunque cada vez más me dejo llevar por el ahora, permitiendo la que la vida fluya sin afanes, nuestra especie no está hecha para batirle la cola a la mínima muestra de atención. Queremos y nos merecemos la elección sin titubeos, el espacio que no se comparte por lástima ni por costumbre, el cuidado que se devuelve, la co-responsabilidad afectiva. Y, sin embargo, ahí estamos a veces: conformándonos con lo que hay, sonriendo con hambre, agradeciendo lo que apenas roza el querer. Haciéndonos adictas a lo que sobra.

    Desde siempre he procurado actuar con transparencia sentimental, reconociéndome a mi misma con auto-crítica, pero también con empatía. Trabajando constantemente en los fantasmas que surgen dentro de la duda y terapiando las inseguridades que también nos hacen humanos. He amado desde la entrega, no desde la estrategia y he creído —tal vez con inocencia— que quien se muestra genuino invita a lo mismo; que quien da con el corazón abierto, inevitablemente recibirá algo parecido. Pero no siempre es así. A diferencia de los perros, que devuelven el cariño sin cálculos y celebran cada gesto como si fuera el primero, entre humanos el afecto a veces se mide, se dosifica, o simplemente no vuelve.

    Merecer no es pedir demasiado. Esperar lo que se da no es ser egoísta. Expresar lo que se quiere no es ser exigente, es tener claro el propio valor. Pedir transparencia cuando te han abierto una puerta —así sea a medias— no es incomodar, es un acto de seguridad interior: para mirar el espacio, reconocer lo que hay y decidir, con conciencia, si se quiere habitar. Ni perros ni humanos estamos hechos para permanecer en lo incierto, ni para instalarnos en un lugar plagado de sombras. Y cuando ya no vemos con claridad, cuando damos pasos al vacío sin una antorcha en la mano, la responsabilidad de volver a encontrar el camino es solo nuestra. El trayecto no será fácil ni admite atajos. Pero cada paso —aunque duela, aunque pese— nos acercará a un territorio más firme, a un verdadero acto de amor propio, ese mismo que merecemos recibir. 

  • Dejar que el río fluya

    Dejar que el río fluya

    Con los años, muchas de nosotras empezamos a sentir que hay piezas que no encajan. Que por más que planificamos, algo siempre se sale del guión. Que no importa cuántas listas hagamos, la vida igual se escapa por los márgenes. Y ahí, en esa grieta, empieza a entrar una nueva verdad: que controlar no es vivir. El control es una ilusión que nos aleja del presente y nos impide sentir el pulso genuino de las cosas.

    De formas sutiles —y no tan sutiles— nos enseñaron que ser mujer es tenerlo todo resuelto. Que no se note el caos, ni el cansancio, ni el miedo, porque temer nos hace “débiles”. Que la ropa sucia se lava en casa, que las lágrimas se esconden debajo de la almohada y la sonrisa se lleva bien puesta – pase lo que pase. Que pasada la treintena ya deberíamos tener todo bajo control: una carrera brillante, una familia, muchos pines en el mapa, sabiduría emocional, una piel radiante, amistades profundas, una cuenta bancaria bien gorda, ojalá un doctorado.

    Pero la verdad —la que a veces apenas nos atrevemos a pensar en voz alta— es que sostener todo eso es simplemente ¡AGOTADOR! El cuerpo lo aguanta pero el alma se consume, porque por más que intentemos cumplir con la lista imaginaria de “cómo deberíamos ser”, la vida insiste en mostrarnos que nada se puede planear, controlar ni predecir, (no creo en pitonisas, brujas o clarividentes).

    Durante mucho tiempo creí que tenerlo todo planeado me protegía del caos. Itinerarios detallados, listas de pendientes en Excel, mapas mentales y emocionales que intentaban anticiparlo todo: los movimientos de los demás, mis reacciones, los giros imprevistos de la vida. Había algo tranquilizador en confiar en que, si me adelantaba lo suficiente, podría evitar el dolor, la incertidumbre, el desorden.

    Pero la vida no se deja domesticar. Por más que uno la cuadricule, siempre encuentra la manera de llevarnos por otros senderos, de moverse a su ritmo, de enseñar que el control es una ilusión disfrazada de eficiencia. Y entonces entendí que parte de mi ansiedad no venía del caos mismo, sino de mi resistencia a aceptarlo como parte del camino. 

    Hace un tiempo, en una de mis terapias, mi terapeuta me pidió imaginarme sentada en una roca frente a un río. Descalza, en posición de loto, con el rostro acariciado por el aire fresco. Solo debía observar el agua correr, sin intervenir. Contemplar el movimiento del caudal sin juicio, sin prisa, sin esa necesidad de nombrar cada cosa. El río como la vida misma. Y al permitir que fluya lo que no podemos controlar, también algo dentro se ablanda, se rinde, se entrega. Como si al soltar, por fin, volviéramos a habitar lo que no tiene precio: nuestra calma.

    La metáfora es bastante fácil de entender pero igualmente difícil de aplicar. Es inherente a nuestra condición humana querer tener certezas, descifrarlo todo, encontrar —o inventarnos— respuestas como una forma de protegernos frente a lo incierto, y somos tan hábiles para autoengañarnos que  agotamos todas las fórmulas, todos los planes, todas las estrategias posibles que, en modo bucle, nos dejan en el mismo punto de partida.

    ¿Qué tal si soltamos los remos? ¿Qué tal si habitamos de manera más honesta “lo que hay”?

    Soltar no es rendirse, es confiar en que, de una u otra forma, las aguas siempre encuentran su cauce. Soltar no es huir, es aceptar que casi nada está bajo nuestro control, aunque a veces lo parezca. Soltar no es cerrar los ojos, es permitir que la claridad llegue cuando dejamos de forzar la mirada. Fluir sin resistencia, sin prisa por encontrar respuestas, escuchando nuestro entorno, escuchándonos a nosotras mismas, abrazando la dirección natural de la calma y el caos. Reconocer los momentos en que debemos dejar de insistir en lo que ya no resuena y dejarnos llevar sin garantías, porque no saber también hace parte del viaje. Y en ese camino, soltar se convierte en un acto de valentía.

  • No escuchaste mis aullidos

    No escuchaste mis aullidos

    No escuchaste mis aullidos.

    Eran fuertes mis aullidos.

    Como de loba en pena, eran mis aullidos.

    Y aunque mi garganta diera todo de sí,

    No escuchaste mis aullidos.

    Que paradójica es la vida ¿verdad?

    Si callamos, más somos escuchadas;

    Si ignoramos, más somos amadas.

    Como si nos negáramos a seguir el curso lógico.

    Como si nos obligáramos a lo complejo.

    Como si el disfrute respondiera al masoquismo.

    Eran fuertes mis aullidos.

    Como de un cachorro que clama a su madre, eran mis aullidos.

    Pero aunque mi garganta diera todo de sí,

    No escuchaste mis aullidos.

    Compleja es la vida ¿verdad?

    Si sentimos, somos culpables.

    Si expresamos, somos inviables.

    Como si la teoría no sirviera de nada;

    Como si sentir nos convirtiera en malvadas;

    Como si exigir nos dejara exiliadas. 

    No escuchaste mis aullidos,

    porque no quisiste escuchar mis aullidos.

    No escuchaste mis aullidos,

    porque te incomodan mis aullidos.

    No escuchaste mis aullidos,

    porque no pudiste enfrentar mis aullidos. 

  • Es domingo, no te comas la cabeza

    Es domingo, no te comas la cabeza

    Son las seis de la tarde, el sol se esconde lentamente y al mismo tiempo el domingo empieza a jugar con nuestras emociones, como intentando darnos pequeñas bofetadas de una realidad que aparece para mostrarnos todo aquello en lo que no queremos pensar un domingo a las seis de la tarde.

    En cierta forma el domingo podría considerarse como un día bipolar. El día de descanso histórico por excelencia, de visitar a la familia, de salir a la calle, de comer por fuera; pero también para muchos, el día de comerse la cabeza dándole vueltas a lo que quedó inconcluso de la semana, o quizás a lo que debimos haber dicho y no dijimos, y cómo no, a pensar un poquito más en el ser que extrañamos un poquito menos de lunes a sábado.

    El efecto domingo. Tan predecible como una mala comedia de Hollywood y sin embargo no terminamos de descifrar la fórmula para evitarlo. 

    Son las seis y media de la tarde y el bucle de la nostalgia, en dirección opuesta al sol, va sacando los fantasmas, esos que mañana serán inofensivos, los mismos que hace ocho días tocaban la puerta mientras intentábamos ignorarlos buscando una lectura amable o una serie en la televisión para pasar el rato, idénticos a los que volverán dentro de una semana a recordarnos que ahí estarán, probablemente siempre, trayendo las mismas inquietudes. 

    Es el síndrome del domingo, no te comas la cabeza.

  • ¿Qué ver?

    ¿Qué ver?

    Historias de viejas empoderadas, monólogos de libre sexualidad, maternidades imperfectas, personajes que rompen los estereotipos. Aquí mis recomendados de series para ver #Despuésdelos30 Vol.1

    Fleabag

    Comedia feminista que surge de un monólogo escrito por la también guionista y protagonista de la serie Phoebe Waller Bridge para el Festival de Fringe de Edimburgo en el 2013.

    Con una narrativa realista, cruda y hasta grotesca Fleabag propone un formato inusual en el que constantemente la protagonista rompe la “cuarta pared” estableciendo conversaciones con la audiencia, que si es femenina y ronda los 30, no dejará nunca de sentirse identificada con esta londinense que se debate entre su espíritu y sexualidad libre y las confusiones clásicas de la generación. 

    Como un plus, la banda sonora es exquisita. 

    The Marvelous Mrs. Maisel

    creada por Amy Sherman-Palladino y protagonizada por Rachel Brosnahan, La Maravillosa Señora Maisel nos presenta un feminismo imperfecto pero bastante avanzado para la vida de una ama de casa judía del Upper West Side en NYC a principios de los años 60. 

    ¿Qué pasa cuando a los 25 años se tiene toda la vida planificada y de repente el esposo perfecto monta los cachos? ¡Pues a volverse comediante y a reírse de ello!

    Maid

    Maid, es una miniserie de drama inspirada en el libro autobiográfico de Stephanie Land y protagonizada por Sarah Margaret Qualley, que cuenta la historia de una madre muy joven violentada y abusada psicológicamente por su pareja. De manera directa vemos la dura historia de una mujer, que cuando finalmente decide abandonar lo que era todo menos un hogar, se ve forzada a trabajar limpiando casas pero en el fondo lo que intenta es limpiar toda la mierda que ha quedado en su cabeza a consecuencia del maltrato normalizado.

    Workin´Moms

    No soy madre pero si lo fuera sería una mezcla de este ramillete de mujeres que no terminan por adaptarse del todo a la maternidad. ¿Alguien lo la logrado?

    Workin´Moms, que acaba de estrenar nueva temporada, explora la compleja ecuación de la maternidad del siglo XXI.

    Unorthodox

    La serie basada en la autobiografía de Deborah Feldman narra la historia de una jovencita de 19 años que huye del extremo patriarcado y la ideología de su comunidad judía ultraortodoxa hacia la excéntrica y liberal Berlín para comenzar desde cero.

    Empoderamiento femenino puro y duro.

  • El Ghosting

    El Ghosting

    Ya han pasado varios años desde que nos vimos forzadas a vivir las conexiones humanas detrás de un avatar. Cuando nos aproximábamos a entender las señales de carne y hueso, de la vida real, del face to face, tuvimos que trasladarnos a un universo digital inquietante y confuso. Aplicaciones de citas que obligan a venderse como un producto; historias de Instagram para mostrarse vigente, para gritarle a los seguidores ¡Aquí estoy! ¡Mírame! ¡reacciona!

    Pareciera que a medida que la humanidad suma años de existencia, el mundo de las relaciones se vuelve más frívolo, más trivial, más facilista.

    El coqueteo virtual a través de una pantalla cambió las reglas de juego de las relaciones y trajo consigo nuevos códigos y lenguajes que aún no terminan por esclarecerse. Un like, dos likes, un guiño, un corazoncito. ¿Qué me quieres decir?

    Pasamos de mirar directamente a los ojos, a imaginarnos unos ojos lejanos que en cualquier otro lugar están pasando por el carrete de nuestro mundo virtual, ese que no puede mostrar los sentidos ni la esencia. Nos conformamos con pequeñísimas muestras de interés. Todo va bien mientras recibimos reacciones digitales que tristemente hinchan nuestro autoestima; todo va bien mientras nos mantenemos en el vicio de recibir mensajes esporádicos; todo va bien hasta que de manera inexplicable e inesperada se callan los mensajes, se apagan las reacciones y en el peor de los casos resultamos bloqueadas. Todo va bien hasta que llega el ghosting, ese ser que busca desaparecer como un fantasma, sin tener en cuenta que los fantasmas no desaparecen hasta que se enfrentan encendiendo la luz.

    El “tenemos que hablar” ya no existe y si bien está clarísimo que nadie merece un interés forzado, deshacerse de las personas se ha convertido en una práctica sistemática y un poco cobarde que no conoce la empatía. Tal vez el ghosting sea una consecuencia de haber perdido las aptitudes y herramientas para comunicarnos de manera directa, precisamente por la transformación de los canales de comunicación, pero aceptar este tipo de actitudes hace que poco a poco las normalicemos, que aceptemos un adiós desierto, un rechazo inexplicable que injustamente nos lleva a cuestionarnos nuestro comportamiento ¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿Qué cambió? ¿en qué la embarré?

    “Si no es para mí no es para mí” “Vendrán nuevas oportunidades” “Él se lo pierde” “Lo que no sirve que no estorbe”… todas esas afirmaciones pueden ser ciertas, no nos vamos a morir de pena a causa de esos fantasmas, que aunque no lo veamos de manera inmediata nos están haciendo un favor, pero así como tenemos el poder de pasar de ellos, merecemos poder hacerlo de una forma sensata y respetuosa. El ghosting impide que cerremos ciclos del todo, ralentiza el proceso, lo hace más doloroso. ¿Porqué no enseñarle a esos amores virtuales que es más fácil quitar la curita de un solo tirón? ¿Porqué no hacer valer nuestro tiempo y decirle a ese fantasma que se ponga los pantalones? 

    Hagamos esa pedagogía y tal vez un día volveremos a saber cerrar relaciones fuera de la virtualidad.

  • SIN – TÉTICAS

    SIN – TÉTICAS

    Parece difícil de creer pero no recuerdo con claridad el momento en el que decidí que quería tener unas tetas más grandes. Jamás me he sentido identificada con la voluptuosidad de la mujer latina y mucho menos con mostrar la piel (para demostrar) más de la cuenta. Desde pequeña he preferido vestirme con ropa holgada, cómoda, nada que llame mucho la atención, y sin embargo, casi pasando la adolescencia, el bicho de ponerme implantes me picó.

    Iniciaba una nueva década y los estigmas respecto a los cuerpos perfectos de las revistas y las telenovelas se llenaban de poder con el nacimiento de las redes sociales. El 90-60-90 de los, hoy casi obsoletos, reinados de belleza se convertían en un requisito social para verse y sentirse bien, para encajar, para gustar. Las operaciones de tetas se vendían como pan caliente. Entrar al quirófano para introducir en el cuerpo de manera forzada y antinatural dos bolsas de silicona, parecía tan normal como ir a la peluquería a hacerse un cambio de look. No se hablaba de los posibles riesgos futuros, de los reemplazos a los que había que someterse cada 10 años, o de la necesidad de recibir un acompañamiento sicológico previo a esa decisión tan radical. Tener tetas postizas era normal y cada vez eran más las jovencitas que caíamos en el espejismo de salvaguardar nuestras inseguridades bajo un par de pechos parados, redondos, duros como una piedra, más falsos que la misma idea de encontrar en ellos la confianza que realmente necesitábamos.

    Al primer año de mi operación llegaron las incomodidades. Mi cuerpo delgado y pequeño no estaba diseñado para el 34C. Me sentía incómoda e incluso violentada cuando las miradas se centraban en esos dos bultos que no eran míos, jamás fueron míos, no era yo. Pasaron varios años y terminé por acostumbrarme, le tenía pánico a volver a pasar por esa fría sala cirugía. Nadie me había obligado, al final había sido mi decisión y si había cometido un error debía afrontarlo.

    Hace unos meses me encontré por casualidad con un artículo acerca del Síndrome de ASIA (Síndrome Auto-inmune Inducido por Adyuvantes), atribuido a la presencia de cuerpos extraños en el organismo. Al escuchar los testimonios de varias mujeres y los síntomas asociados a la enfermedad me quedé fría. Compartía muchos de ellos; pequeñas alarmas que a lo largo de todos estos años había ignorado o atribuido al estrés, la comida, la edad… cualquier otra cosa. Una enfermedad silenciosa que somete al cuerpo a una lucha diaria e incesante contra algo que no le pertenece. Sin dudarlo, esta vez entré al quirófano para finalmente escuchar a mi cuerpo verdadero, para pedirle perdón por haberlo sometido a una innecesaria y falsa idea de perfección, para reencontrarme con mi yo verdadero y ser realmente consecuente con las ideas que me identifican, con la forma en la que interpreto la belleza integral del ser humano.

    Hoy cumplo un mes de haber vuelto a mí, después de más de 15 años cargando el peso de los estereotipos culturales propios de las sociedades superficiales y machistas. Hoy sin-teticas me siento libre, más sana, más bella y más perfectamente imperfecta que nunca.

  • Ganas de fiesta

    Ganas de fiesta

    Soy fan de las luces de navidad. Si pudiera tendría mi casa forrada en extensiones de luces blancas titilando arrítmicamente todos los meses del año. En mis años universitarios lo hice, clavé en todo el techo de la sala de mi apartamento extensiones de luces que enmarcaban una bola de disco colgada en el centro, hecha por mí con retazos de Cds pegados a una esfera de icopor. Toda una obra de arte y el lugar perfecto para que mis amigos se sintieran en una discoteca sin tener que pagar la entrada. 

    Las luces de navidad me ponen en modo festivo, algo parecido a cuando salgo de compras, por alguna razón me dan ganas de salir de fiesta. El conflicto está en que ya no sé cómo salir a rumbear. 

    El sábado me pasó. Salí a caminar a mis perros y los árboles del barrio iluminados me animaron a volver a casa, quitarme la sudadera y el saco de capucha que llevo usando meses, peinarme un poquito más y volverme a poner un atuendo decente. Me serví una copa de vino y puse música. Me metí en la ducha.  ¡hoy es el día de retomar los bares! 

    Salí del baño con la toalla en el pelo y mientras pensaba en cuál pantalón desempolvar del armario, vi mi cama, mis dos perros, la pijama sobre las cobijas y hasta ahí me llegó el impulso, que debo decir, ha sido el más largo y real que he tenido en mi último año en la ciudad. 

    Lo que empezó con un confinamiento que de forma obligatoria nos alejó de los sitios de fiesta, involuntariamente pasó a ser mi elección por defecto y ahora aunque lo desee, no tengo idea de cómo hacerlo. Sí, así de absurdo.

    ¿A dónde voy? desconozco qué sitios están de moda y aunque lo supiera ya no estoy para hacer las filas, sonreírle de manera hipócrita al bouncer, esperar para orinar en un baño vomitado e intentar bailar en medio de cientos de personas. 

    ¿Qué música ponen? Seguramente reguetón, pero no en el que yo me quedé y aunque supiera las canciones, no sabría cómo bailarlas. Me convertiría en una tía intentando llevar el paso de sus sobrinos en la fiesta de año nuevo. !me rehuso! (Como dice una canción de reguetón, no estoy tan perdida)

    ¿Aún existen los bares que me gustaban o se han convertido en una ferretería? 

    ¿Encontraré en los bares que me gustaban el mismo rollo y la misma gente de antes?

    ¿Podré levantarme mañana temprano a sacar a mis perros?

    Muchas preguntas. Pocas respuestas. 

    Mejor me quedo en casa, me sirvo otra copa de vino y saco del baúl la extensión de lucecitas blancas arrítmicas de navidad.

  • Vuelta al sol

    Vuelta al sol

    La semana pasada comenzó mi último año de la década de los 30. Los últimos 365 días en los que escribiré en los formularios de contacto un número antecedido por un 3, los últimos 12 meses en los que haré parte del censo de la treintañez.

    Llegué a los 39 y les confieso que cumplirlos me ha pegado un poco más fuerte que en años anteriores, así que este artículo no va por el lado de «me siento más joven que nunca» y “los 40 son los nuevos 30”. ¡No! Los 39 son los 39 y dejémonos de eufemismos para tapar esa vuelta al sol con una mano. 

    Nunca he sido muy fan de cumplir años. Si bien existen momentos en los que me gusta ser el centro de atención, definitivamente el cumpleaños no es uno de ellos. Tal vez sea porque ese día todo siempre sucede bajo un mismo guión. Las llamadas con las mismas preguntas y las mismas respuestas; los mensajes con las mismas preguntas y las mismas respuestas y el momento cumbre en el que se entona la canción del cumpleaños feliz y uno no sabe si cantar, a quién mirar, si aplaudir o simplemente afirmar sonriendo y seguir con la mirada, una a una, las caras de quienes cantan alrededor de la mesa; soplar las velas, recibir un aplauso y pensar en un deseo que casi siempre es el mismo. Todo igual, año tras año.

    Poco a poco me he convertido en una grinch del cumpleaños, y no es que no me guste recibir demostraciones de cariño de quienes se acuerdan de él (no vaya a ser que el otro año no me felicite ni Dios) pero más allá del pensamiento de hacerme un año más vieja o de perder un año de juventud (¡vaya por cualquier lado el vaso está medio vacío!), mi cumpleaños me despierta una nostalgia melancólica, la misma sensación que me sacude cada 31 de diciembre. Una remembranza de lo cumplido y lo no cumplido que recrea en mi cabeza un juicio interno en el que soy al mismo tiempo jueza y acusada; como si estuviera obligada a hacer una auto-evaluación de mi gestión personal, como si estuviera en la competencia de declararme empleada del año de la empresa de mi vida.

    La mañana de mi cumpleaños me desperté con un recuerdo que me lanzó Facebook: una foto del día en que llegué a los 30 subida en un avión con destino a Madrid, historia con la que empecé a escribir en este blog. Ese día comenzaría una década en la que viviría una montaña rusa de emociones con una vida paralela entre dos continentes y una mente abierta a nuevas vivencias y aprendizajes, que tal vez hayan dividido mi existencia en dos grandes capítulos, antes y después de los 30. 

    Revisé los mensajes, contesté las felicitaciones y decidí desconectarme del teléfono para conectarme con lo que había escogido para pasar mi cumpleaños: un día tranquilo con mis familiares. Me espabilé de pensamientos melancólicos que no llegan a ningún destino, le tapé la boca a esa jueza mala leche y no pensé… no pensé en que ya voy casi por la mitad del recorrido, no pensé en que a partir de ahora me voy a hacer chequeos médicos cada tanto, no pensé en que las resacas ahora me duran tres días, no pensé en que de un tiempo atrás prefiero los fines de semana metida en las cobijas, no pensé en metas ni propósitos porque no me las voy a poner y así tal vez, en un año, cuando llegue a los 40, no tendré absolutamente nada que recriminarme. 

  • Me, myself y el tapabocas

    Me, myself y el tapabocas

    El artículo anterior me dejó con un tema en la boca, que si no fuera porque me estoy poniendo un límite de palabras para no saturar mucho, lo hubiera dejado todo allí mismo. 

    Si bien la mayoría de personas no hemos logrado habituarnos al uso del tapabocas, creo que no está de más intentar ver el vaso medio lleno y sacar una lista de las ventajas que existen en el abominable y permanente uso de la máscara quirúrgica sobre nariz y boca, porque además, si nos ponemos a pensar, siempre hemos sido expertos en portar máscaras, la diferencia es que ahora se han hecho físicas.

    Ventaja número uno: el anonimato
    El anonimato del tapabocas puede ser usado a favor en diversos contextos, que con la cara descubierta no serían posibles sin caer en la antipatía o la locura. Ya les conté antes que lo he usado para hablar sola sin ser juzgada, pero también he encontrado que con el tapabocas se pueden hacer expresiones de inconformidad o desagradado y al mismo tiempo quedar como Lord, siempre y cuando se logre hacer concordancia con la expresión visual (talento adquirido). Pero sin duda el mejor de todos los usos clandestinos es el: “no te reconocí”, cuando pasamos olímpicamente de saludar o entablar una conversación con personas not-wanted.

    Ventaja número dos: escudo frente a la halitosis ajena:
    Puede convertirse en una gran desventaja si usted no cuida su propia higiene bucal, pero definitivamente el plus aquí está en bloquear las oleadas de los densos alientos del fanático del ajo, el fumador empedernido o el colega del trabajo que acaba de comerse su snack favorito: la empanada con ají.

    Ventaja número dos punto uno, bloqueo definitivo a la saliva ajena:
    Nada más incómodo, para el que da como el que recibe, que una saliva saltarina en medio de una conversación. Mantener la distancia con el amigo que, cuando usa la S abre automáticamente la llave, quedó en el pasado.

    Ventaja número tres: esquivar hedores:
    El Covid quita el olfato, el tapabocas también, pero solo cuando uno quiere.

    Ventaja número cuatro: La liberación del maquillaje
    Cambiando una máscara por otra. Con el uso del tapabocas hay quienes decidieron enfocar todos sus esfuerzos en los ojos, el uso de pestañas postizas y toda una mega producción en maquillaje escénico a las diez de la mañana. Pero para quienes deciden usar esta ventaja, el tapabocas puede ser un adiós definitivo al maquillaje. 

    Ventaja número cinco: Evitar conversaciones en los taxis
    Si usted es de lo que disfruta de un viaje tranquilo, sin tener que responder a la pregunta de taxista por excelencia: “se nos fue este año ¿no?”, he aquí la excusa perfecta para guardar silencio.

  • Hablando sola

    Hablando sola

    En estos días fui a un centro comercial a hacer unas compras. Escogí uno de los más completos de la ciudad para poder tener todo a la mano y salir de los encargos lo mas rápido posible, cosa que jamás sucede en un centro comercial. No sé si al lector o lectora le suceda lo mismo, pero cada vez que entro a un sitio como estos siento que me atrapa un monstruo del consumismo con una boca muy grande, y no me engulle por el lado consumista de la compra impulsiva, su arma más letal, sino porque siento que en ese espacio no existe el tiempo, ni el clima, ni las coordinadas geográficas. En un centro comercial todo siempre es igual, nadie se entera si afuera caen truenos o resplandece el sol; el tiempo se va a una velocidad incompresible; el murmullo de la gente genera un sinfín de acordes desordenados y caóticos. Todo es agobiante y encima uno termina pagando por ello. Otra de las ironías de nuestra vida.

    Ese día de compras, en el que pensé que todo iba a pasar rápido y sin mucho dolor, como quitarse una curita de la herida, terminó llevándome toda la mañana.

    Quise seguir una ruta estratégica y terminé pasando dos o tres veces por los mismos lugares, porque insisto, en esos sitios no hay coordenadas geográficas y también debo aceptar que la brújula no vino incorporada en mi ADN. El caso es que mientras deambulaba metida en ese monstruo mercantil caí en cuenta de una cosa, que realmente era la idea inicial de este artículo aunque lleve ya varias líneas dedicadas a otro tema, y es que esta vez pude hacer algo un poco bizarro pero reconfortante: hablar sola bajo el manto del tapabocas sin que nadie se diera cuenta ¡ni siquiera yo misma! Casi al final de la misión, cuando estaba pagando, noté que llevaba hablando sola toda la mañana, comentando conmigo misma lo bueno, lo malo y lo feo, pasando totalmente desapercibida y de una u otra forma haciéndome la experiencia más amena. ¡Wow, he aquí un uso ventajoso del tapabocas: el pasar de incógnito! Porque está clarísimo que hoy por hoy el tapabocas es totalmente necesario, pero también es cierto que es muy jodido acostumbrarse a la sensación sofocante de ese pedazo de tela sobre nariz y boca que estamos obligados a portar en la nueva realidad; realidad que parece jamás cambiar en un centro comercial porque allí todo siempre es igual. 

  • To Do List

    To Do List

    En mi escritorio tengo dos herramientas que para todo contemporáneo parecerían tan obsoletas como risibles. La primera es una calculadora Casio MZ-12S, cuyo nombre es bastante pretensioso, pues solo sirve para realizar operaciones básicas y sacar porcentajes. Cada vez que la uso me imagino con una visera transparente de color verde y un lápiz en la boca, o con el monóculo del señor de monopolio. Me niego a usar la del celular o la del computador. Me encanta la sensación de oprimir los números con un golpe un poco exagerado, como si estuviera sacando las cuentas de la tienda de mi barrio.

    La segunda herramienta, es un cuaderno anillado en el que apunto absolutamente ¡TODO!, incluso los malos pensamientos; pero sin duda y con total determinación, lo que más me gusta apuntar en esas hojas en blanco, porque los cuadernos rayados o cuadriculados son justamente eso: cuadriculados, son las listas.

    Adoro hacer listas. Listas de tareas del trabajo, listas de tareas de la casa, listas de compra, listas de viajes, listas de cuentas por pagar y cuentas pagadas, listas para todo y por todo. Soy una mujer de listas.

    He intentado digitalizar mi pasión por enumerar los “to do” bajando aplicaciones que permiten organizar las tareas por fecha, categoría y prioridad, sincronizadas con el correo electrónico, con colorcitos e iconos muy bonitos, pero no me basta. Lo mío es el papel y esa sensación de hacer check con un resaltador neón sobre la actividad finalizada no me la quita nadie.

    Cuando voy al supermercado me convierto en una señora mayor. Llevo la lista de los productos que necesito en el bolsillo y mientras voy seleccionándolos, en mi mente voy tachándolos. Aún así siempre se me olvida alguna cosa y siempre termino llevando algo innecesario que no estaba apuntado. Si voy a hacer un viaje largo, días antes hago una lista de lo que voy a empacar y si mis compañeros de viaje me lo permiten, disfrutaré como una niña haciendo una lista de los sitios imprescindibles para visitar. ¿Me cuesta decidir algo importante? lista de pros y contras. ¿No puedo quedarme dormida? lista mental para apuntar mañana.

    Posiblemente esa necesidad ¿o deseo? de enumerar las cosas sea una consecuencia de mi medianamente diagnosticado TOC, ese mismo que me obliga a ordenar mi ropa por colores y a doblar una y otra vez las camisetas hasta que queden en perfecta sincronía. ¿crazy? puede que sí, pero las listas me ayudan a organizar mi mente dispersa y alimentan el deseo por culminar las tareas pendientes, porque repito, esa sensación de ver todos los renglones alumbrados en resaltador neón, no me la quita nadie.