Hacía un buen tiempo que no tenía un domingo desierto, de esos en los que los minutos pasan lento, arrastrando las piernas, levantando la arena caliente y casi tan densa como los pensamientos que los acompañan. El sofoco no da tregua y, aunque intento despistar el ahogamiento con pequeños oasis de distracción pasajera, las manecillas del reloj no avanzan y el desasosiego decide llevarle la contraria, yendo a mil por hora.
Pongo una película de esas en las que el protagonista va corriendo al aeropuerto para detener la partida de su ser amado. La quito antes de concederle la posibilidad de llegar a tiempo. Esas cosas no pasan, empezando porque nadie puede saltarse el control de seguridad sin tener un tiquete en mano. Y, aun así, se me pasa por la cabeza el pensamiento ingenuo de que en cualquier momento suena el timbre de la puerta y salgo corriendo a abrirle.
Pido un domicilio con la intención de consentirme con un festín de sushi, pero en este momento el antojo no puede saciarse sin compañía, sin esa compañía. Tomo la novela que dejé hace varios meses en la mesita de noche y, aunque intento conectarme con la autora, en cada párrafo encuentro alguna metáfora que me regresa a mi cama, al domingo desierto, a esa indeseable sensación de sentirse completamente sola, aun cuando mis seres queridos están a una llamada de distancia.
¿Qué tienen los domingos que hacen que todo pese más? ¿Por qué me está costando tanto sobrellevarlo, si en el historial de mi vida adulta me había hecho máster en hacerle el quite a las despiadadas artimañas del séptimo día?
Hace cuatro años escribí acerca de esto en el mismo blog, acuñando el término “síndrome del domingo”. El artículo, bastante corto, por cierto, pretendía quitarle importancia, definiéndolo como una conmoción predecible del crepúsculo de la semana. Y aunque sí es verdad que para nadie es un secreto que este día tiene la extraña capacidad de volver más largas las horas, más ruidosos los pensamientos y más hondas ciertas ausencias, resulta paradójico que, aun cuando podemos anticipar su llegada, no hayamos encontrado todavía la manera de hacerle frente del todo. Tal vez no exista.
Después de perseguir esos oasis, remedios placebo que apenas consiguen calmar la sed por unos minutos, termino recurriendo a lo que siempre hago cuando ninguna distracción consigue hacerme suficiente compañía: escribir.
Miro el reloj otra vez. Quedan apenas cuatro horas para que este domingo se transforme en ayer. Y quizá esa sea la única certeza que tengo: que incluso los días que parecen interminables terminan quedándose atrás. No necesariamente llevándose consigo aquello que los hizo difíciles, pero sí dejándonos la distancia suficiente para reconstruir el camino, reconocer dónde nos hundimos más de la cuenta y entender qué nos trajo hasta aquí.
Tal vez mañana, después de haber atravesado este domingo desierto, pueda ver con claridad cómo algunos de los espejismos que hoy parecen tan reales se desvanecieron mientras dormía, y reconocer que no todo lo que me hizo caminar en círculos merecía ser perseguido.
Hay cosas que solo se entienden cuando uno deja de tenerlas enfrente: el lugar exacto donde empezó la sed, aquello que nos hizo perder el rumbo, las huellas que el viento borró antes de que pudiéramos volver sobre ellas y el momento preciso en que dejamos de buscar una salida para simplemente seguir caminando. Quizás por eso algunos domingos solo empiezan a tener sentido cuando ya son lunes.
























