Escribo esto mientras en mi reproductor suena una lista de canciones color rosa que hasta hace muy poco me producían una especie de escepticismo feroz.
De una manera extraña, siento que las escucho a escondidas de mí misma. Como si una parte de mí todavía me observara con sospecha, ligeramente avergonzada de esta nueva vulnerabilidad. Como si permitirme sentir algo así implicara traicionar a la persona que, hace no tanto, había decidido volverse impermeable.
Llegué a creer que la única manera sensata de sobrevivir emocionalmente consistía en no volver a entregarle a nadie la capacidad de desordenarme por dentro.
Me prometí permanecer intacta. Habitar únicamente aquellos vínculos donde nada pudiera alcanzarme demasiado hondo. Convertir la distancia en una forma de inteligencia emocional. Confundir la contención con fortaleza.
Me parecía más sensato vivir desde una superficie controlada, lejos de cualquier emoción capaz de alterar demasiado el equilibrio, fingiendo ignorar que no existen formas civilizadas de negociar con las emociones capaces de fracturar el orden ilusorio del control.
Cerré la aplicación de citas cuando finalmente entendí que la abundancia de posibilidades dentro del catálogo humano no hacía más sencilla la conexión real; apenas sofisticaba las formas del desencuentro. Me divorcié del deseo de encontrar un par y me convencí de que los peces del mar más cercano llevaban demasiado tiempo aprendiendo a no sentir demasiado.
Renuncié.
Y aun así, sin anuncio, sin planearlo, sin permiso y sin lógica, vuelve ese vértigo absurdo y maravilloso de sentir esa alteración física que durante siglos hemos decidido llamar, de manera sospechosamente poética, mariposas en el estómago.
El sistema simpático, que no hace demasiado honor a su nombre, liberando adrenalina y dopamina con la suficiente intensidad como para que las canciones color rosa vuelvan a atravesarme.
Tal vez todo esto no sea más que aprender nuevamente a bajar la guardia.
Rendirse al placer liberador de soltar. Entregarse a la emoción confusa de la duda. Resetear el dolor del pasado. Volver a iterar entre el ensayo y el error. Confiar en el ahora. Abrazar lo desconocido. Reconocer lo que se había perdido.
Hay algo profundamente nuevo en mi relación con este pequeño caos interno: la ausencia de cálculo.
La tranquilidad extraña de no necesitar respuestas inmediatas. De no intentar convertir cada emoción en una promesa ni cada gesto en una garantía de permanencia. Como si por primera vez entendiera que los vínculos más vivos sólo pueden existir plenamente mientras permanecen libres del peso excesivo de las expectativas.
Confieso que no deja de parecerme temerario escribir algo así en voz alta. Todavía no sé si estoy documentando el comienzo de una gran revolución interna o apenas un breve desorden neuroquímico con una excelente banda sonora.
Lo importante aquí, más allá del desenlace, es entender que las cosas más genuinas rara vez aparecen cuando son perseguidas con ansiedad, estrategia o exceso de intención. Y quizá una de las verdades más incómodas, y al mismo tiempo más liberadoras, sea descubrir que las verdaderas conexiones sólo pueden crecer cuando uno aparece desde el principio sin demasiada curaduría emocional, sin máscaras publicitarias y sin el agotador trabajo de parecer más fácil de querer.
La autenticidad radical de comenzar sin performance.
To be continued…
























