Vuelta al sol

La semana pasada comenzó mi último año de la década de los 30. Los últimos 365 días en los que escribiré en los formularios de contacto un número antecedido por un 3, los últimos 12 meses en los que haré parte del censo de la treintañez.

Llegué a los 39 y les confieso que cumplirlos me ha pegado un poco más fuerte que en años anteriores, así que este artículo no va por el lado de «me siento más joven que nunca» y “los 40 son los nuevos 30”. ¡No! Los 39 son los 39 y dejémonos de eufemismos para tapar esa vuelta al sol con una mano. 

Nunca he sido muy fan de cumplir años. Si bien existen momentos en los que me gusta ser el centro de atención, definitivamente el cumpleaños no es uno de ellos. Tal vez sea porque ese día todo siempre sucede bajo un mismo guión. Las llamadas con las mismas preguntas y las mismas respuestas; los mensajes con las mismas preguntas y las mismas respuestas y el momento cumbre en el que se entona la canción del cumpleaños feliz y uno no sabe si cantar, a quién mirar, si aplaudir o simplemente afirmar sonriendo y seguir con la mirada, una a una, las caras de quienes cantan alrededor de la mesa; soplar las velas, recibir un aplauso y pensar en un deseo que casi siempre es el mismo. Todo igual, año tras año.

Poco a poco me he convertido en una grinch del cumpleaños, y no es que no me guste recibir demostraciones de cariño de quienes se acuerdan de él (no vaya a ser que el otro año no me felicite ni Dios) pero más allá del pensamiento de hacerme un año más vieja o de perder un año de juventud (¡vaya por cualquier lado el vaso está medio vacío!), mi cumpleaños me despierta una nostalgia melancólica, la misma sensación que me sacude cada 31 de diciembre. Una remembranza de lo cumplido y lo no cumplido que recrea en mi cabeza un juicio interno en el que soy al mismo tiempo jueza y acusada; como si estuviera obligada a hacer una auto-evaluación de mi gestión personal, como si estuviera en la competencia de declararme empleada del año de la empresa de mi vida.

La mañana de mi cumpleaños me desperté con un recuerdo que me lanzó Facebook: una foto del día en que llegué a los 30 subida en un avión con destino a Madrid, historia con la que empecé a escribir en este blog. Ese día comenzaría una década en la que viviría una montaña rusa de emociones con una vida paralela entre dos continentes y una mente abierta a nuevas vivencias y aprendizajes, que tal vez hayan dividido mi existencia en dos grandes capítulos, antes y después de los 30. 

Revisé los mensajes, contesté las felicitaciones y decidí desconectarme del teléfono para conectarme con lo que había escogido para pasar mi cumpleaños: un día tranquilo con mis familiares. Me espabilé de pensamientos melancólicos que no llegan a ningún destino, le tapé la boca a esa jueza mala leche y no pensé… no pensé en que ya voy casi por la mitad del recorrido, no pensé en que a partir de ahora me voy a hacer chequeos médicos cada tanto, no pensé en que las resacas ahora me duran tres días, no pensé en que de un tiempo atrás prefiero los fines de semana metida en las cobijas, no pensé en metas ni propósitos porque no me las voy a poner y así tal vez, en un año, cuando llegue a los 40, no tendré absolutamente nada que recriminarme. 

Descubre más desde Después de los 30

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo