Esto no es una pipa. Es inteligencia artificial

Durante meses me resistí, con cierta dignidad tecnológica, a utilizar la inteligencia artificial. Me costaba no verla como una pequeña rendición ante el facilismo inmediato; algo en mí la asociaba con una forma casi mediocre de ceder terreno, y temía caer peligrosamente en la pereza mental. Desde siempre he tenido debilidad por todo lo que todavía exige un poco de paciencia: jamás pude acostumbrarme a los e-books, me siento más cómoda tomando apuntes en libretas de papel y añoro los tiempos en que había que revelar las fotos para descubrir, días después, si la emoción de ese momento había logrado sobrevivir dentro de una imagen.

Siendo estudiante universitaria, desarrollé una profunda curiosidad por el arte disruptivo y el imaginario publicitario que emanaba de las obras de Andy Warhol, Roy Lichtenstein, René Magritte (“esto no es una pipa”) y hasta del mismo Salvador Dalí (creador del logo de Chupa Chups). Me intrigaba profundamente esa capacidad de convertir el consumo, los símbolos y la cultura popular en algo inquietantemente artístico.

Había algo casi hipnótico en la manera en que una imagen podía alterar nuestra percepción de las cosas, volver deseable un objeto cualquiera o transformar una idea simple en algo cargado de significado emocional. Ese fenómeno me parecía un reto fascinante y tal vez esa haya sido la razón por la que escogí estudiar publicidad, aunque años después terminaría alejándome de la tarea de fabricar deseos de consumo para acercarme a una comunicación más ligada a lo humano, lo social y lo real.

Esa búsqueda de lo real y lo auténtico, en la que me he debatido durante los últimos años mientras intento encontrarle algo de sentido al uso de las redes sociales, los filtros en las fotos, las letras del reguetón y la fascinación contemporánea por artistas fabricados más para la imagen que para el talento, tiene mucho que ver con la incomodidad que hoy me produce el avance de la inteligencia artificial dentro de las industrias creativas.

Mis colegas empezaron a presumir y a burlarse un poco. ChatGPT les resolvía tareas en segundos y yo seguía instalada en cierto arcaicismo manual, revisando la ortografía de un documento palabra por palabra o leyéndome informes de principio a fin para encontrar métricas escondidas entre páginas. Empecé a sentirme un poco relegada en el tiempo, ligeramente out, casi autoexcluida de una conversación que parecía avanzar sin mí, así que un día, más por curiosidad que por convicción, terminé cediendo y empecé a usar la herramienta. No pasó mucho tiempo antes de que estuviera consultándole hasta por la causa de los ronquidos de mi perra.

¿Me ha facilitado la vida? Sí. ¿Me he encontrado evitando pequeños esfuerzos mentales que antes asumía de manera natural? También. Lo inquietante no fue descubrir lo útil que podía resultar, sino la velocidad con la que empezó a ocupar espacios cotidianos.

Muchas dependencias contemporáneas parecen instalarse así, de forma cómoda, eficiente y aparentemente inofensiva.

Ahí empieza el verdadero problema: no en la existencia de la herramienta, sino en la facilidad con la que comenzamos a entregarle procesos que antes exigían atención, criterio, imaginación y, sí, también duda.

Rostros generados que no terminan de evocar la emoción de un verdadero retrato, voces artificiales, celebridades recreadas digitalmente cenando en restaurantes que jamás han pisado, tendencias fabricadas para parecer espontáneas.

La ilusión de autenticidad empieza a volverse tan convincente que la confusión entre lo real y lo fabricado ya casi parece irrelevante. 

“¿Será IA?” Da igual. Mientras parezca real, será suficiente.  

Ya no se trata solo de fake news; es la normalización de una realidad fabricada. Y eso, para mí, no solo resulta alarmante, sino profundamente desalentador. Porque cada vez siento más cerca una lenta erosión de aquello que hacía valioso este oficio: la mirada humana detrás del mensaje, la sensibilidad, la intuición y hasta la imperfección.

No quiero romantizar el esfuerzo innecesario ni fingir superioridad moral frente a la tecnología. Yo también la uso. También cedo. También disfruto la rapidez con la que resuelve cosas. Pero hay una diferencia entre utilizar una herramienta y renunciar lentamente a ciertos procesos que antes nacían de nuestro criterio, de nuestra capacidad de observar, de conectar ideas y de interpretar el mundo desde una experiencia propia.

Mientras la IA consume mi profesión, he elegido seguir moldeando las ideas con las manos, aunque tome más tiempo, aunque mis colegas me miren como si perteneciera a otra época, porque temo el día en que ya no podamos distinguir entre una emoción humana y una perfectamente simulada.

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