¡Sí tía: soltera, feliz, al frente y sin novedades!
Diciembre tiene esa capacidad particular de reunir lo que el año y, a veces, la vida se encargan de dispersar: historias familiares, versiones del pasado, memoria compartida y los hilos invisibles que nos unen con personas que creíamos lejanas.
Hace poco asistí a un reencuentro familiar con ramas completas de mi árbol genealógico que no veía desde hace décadas. Lo que empezó como un gesto pensado para mi padre terminó reuniendo a cuarenta personas, muchas de ellas reencontrándose tras largos silencios. Familia que llevaba tiempo sin venir al país, primos que no conocía, distintas generaciones compartiendo un mismo espacio, como si la historia familiar se hubiera desplegado de golpe frente a nosotros.
Sin lugar a dudas, la presencia más especial fue la de mi tía abuela. Ochenta y cinco años de historias concentradas en un cuerpo pequeño, aún vanidosa y coqueta, con los ojos encharcados de emoción y la franqueza sin concesiones que solo se permiten los niños y los viejos. Desde su silla, iba repartiendo observaciones hacia los demás sin rodeos ni diplomacia: quién estaba más gordo, quién se veía más viejo, quién había cambiado demasiado o a quién no recordaba del todo.
«¿Y sumerced quién es?» decía sin el menor asomo de filtro.
La encontré tan auténtica y tan graciosa que, sin pensarlo, me senté a su lado.
Me miraba con una curiosidad genuina, evaluándome en silencio. Empezó a contarme historias de cuando era joven: que montaba a caballo a pelo con sus hermanas, que salían solas, que no les faltaban admiradores. Lo decía con una mezcla de orgullo y pudor, aclarando siempre que jamás les daba “el aquello”.
“No, no, mijita —me dijo—, eso es solo para el papá de sus hijos”.
Y entonces llegó la pregunta inevitable, sin rodeos ni antesala:
—¿Y usted, mija… no está casada?
—No.
—¿Hijos?
—Tampoco.
Guardó silencio. Luego me preguntó mi edad y, cuando le dije el número, sus ojos ya no estaban encharcados sino abiertos de pura estupefacción. No podía creerlo (piropo aceptado). Pero, aun así, le resultaba inconcebible que, llegada a ese punto de la vida, yo no hubiera formado hogar ni dejado descendencia.
Me encomendó buscar pareja de manera urgente, acompañando el encargo con un pequeño discurso sobre lo buenos que salían los hombres de nuestra tierra. Y remató con una sentencia dicha con total naturalidad, sin mala intención, como una verdad universal aprendida de memoria:
—la mujer a los quince es rosa,
a los veinte es hermosa,
a los treinta es vaca
y a los cuarenta… es caca.
Lo dijo así. Tranquila. Convencida.
Solté una carcajada que atrajo la atención de los de la mesa.
—Y entonces, tía, ¿yo ya estoy en la fase caca?
Se rió conmigo y me abrazó fuerte.
—No, mija. Todavía no. Pero ya va siendo hora.
Por supuesto no había nada que juzgar: así fue criada su generación, así aprendieron a mirar el mundo y a mirarse a sí mismas. La pintoresca reflexión de la tía pasó de mesa en mesa provocando la gracia y la ternura de todos, pero el eco se quedó conmigo, llevándome a pensar en la forma histórica en que se han construido esos patrones que, aunque hoy parezcan superados, siguen dejando huella en cómo se mide el valor de una mujer, especialmente cuando no encaja en los moldes tradicionales.
A mi tía le enseñaron que ese valor tenía fecha de vencimiento; que el cuerpo era capital, que la juventud era moneda y que la soledad era fracaso. Generaciones enteras crecieron creyendo que no se trataba de un proyecto propio, sino de un tránsito: de hija a esposa, de esposa a madre y de madre a abuela. Punto final.
Yo, sentada ahí, sin marido, sin hijos, con historias, con cicatrices, con una vida que no cabe en ese refrán, era la prueba viviente de que el guión ya no se cumple. Y eso, para ella, no era liberador: era desconcertante.
Tal vez por eso insistía.
Tal vez por eso le urgía “arreglarme”.
Le dije que me pondría en la tarea sugerida. Sí, le mentí para dejarla tranquila. No porque dudara de mi camino, sino porque entendí que, a su edad, algunas certezas no se discuten: se respetan.
Regresé a la casa pensando en cuántas veces esa idea, más maquillada, más moderna y más sutil, sigue apareciendo en preguntas incómodas, en miradas de lástima, en consejos no pedidos.
Somos mujeres que eligieron o están eligiendo narrarse distinto. Y por estas fechas conviene recordarlo, porque en más de una mesa familiar nos preguntarán por la vida como si existiera una sola manera correcta de vivirla. Habrá que ignorar la pregunta, reírse de ella o replantearla:
“Tía, ¿por qué mejor no me pregunta si soy feliz?”
