El 2025 empezó con un sello nuevo en el pasaporte y una ruta trazada en un país completamente nuevo. Con una mudanza hecha más de expectativas que de objetos, un equipaje cargado de ilusión y de esa esperanza frágil que se parece mucho al miedo cuando se mira de cerca. Todo parecía un comienzo sin saber que, en realidad, era el inicio de una despedida.
No tardó en hacerse evidente.
El año apenas estaba aprendiendo a caminar y yo ya estaba despidiéndome de una versión de mi vida que había cruzado fronteras para existir. Una despedida de un futuro imaginado con detalle: un nuevo idioma, la ciudad, la rutina, los domingos, la idea de “así será”.
Y de pronto no era.
Entonces vino el regreso. Aterrizar otra vez sin poder poner todavía los pies sobre la tierra. Desempacar lo que no había alcanzado a vivir, ordenar por dentro lo que por fuera aún no tenía forma, reorganizar la vida mientras el desorden en la mente seguía ocupando todo el espacio.
Me vi obligada a pausar la tristeza y a cerrarle la puerta, temporalmente, a la reflexión. Había algo que llevaba meses construyéndose y no podía detenerse ahora. Un proyecto de trabajo que había cuidado con tiempo, con desvelo y con demasiadas horas encima como para dejarlo caer. Así que volví a empacar y regresé a México: a sostenerme en el trabajo, a distraer el alma en una pasión que también es refugio, con la sensación confusa pero necesaria de estar cumpliendo una misión.
No podía permitirme que todo se viniera abajo al mismo tiempo. Y me consolaba, tal vez de forma ingenua, tal vez insuficiente, con la idea de que al menos una parte de mi vida seguía en pie.
Funcionó.
El proyecto salió bien. Muy bien. Hubo aplausos, palabras bonitas, medallas virtuales en LinkedIn. El deber estaba cumplido y yo me aferré a eso como quien se agarra a una baranda en medio de una escalera interminable en forma de caracol. Y aunque por dentro la tristeza seguía ahí, un poco enterrada, un poco callada, el trabajo la mantenía a raya. No la curaba, pero la contenía. No la resolvía, pero la ordenaba lo suficiente como para seguir andando, anclada en esa sensación de logro, de propósito, de estar haciendo algo que importa.
Cuando el ruido bajó y se apagaron los focos, la agenda se quedó en blanco por primera vez en semanas. Entendí que también necesitaba otra cosa. No más validación, sino silencio. No más rendimiento, sino presencia.
Me quedaban días de vacaciones y el bolsillo me lo permitía, así que me regalé una pausa. Un espacio donde no tenía que ser fuerte, ni clara, ni productiva. Viajé al lugar donde siempre han estado los que me sostienen cuando todo lo demás se mueve, donde no tengo que explicar quién soy.
En junio apareció un bálsamo. Madrid llegó como llegan las manos amigas cuando no sabes muy bien cómo habitarte sola. Caminatas largas, risas que no preguntan nada, conversaciones que no exigen explicaciones, recuerdos que no duelen sino que arropan. Volví a encontrarme en un espejo antiguo: la que se ríe fácil, la que escucha música en la calle, la que baila sin mucho ritmo y sin ninguna justificación.
Volví distinta. Un poco más fuerte y con ganas de volver a intentar caminos nuevos.
Una habitación vacía en Ciudad de México me esperaba como una página en blanco. “Borrón y cuenta nueva”, me repetía internamente mientras afinaba la punta del lápiz con el que iba a escribir un nuevo capítulo emocionante.
Y justo entonces, como si la vida tuviera un extraño sentido del timing, otra puerta se cerró. Otro territorio se desdibujó. Otro “aquí tampoco era”.
Y ahí vino el verdadero aterrizaje. No el de los aviones ni el de los mapas, sino el de quedarse. Dejar de mover cajas pequeñas y empezar a desempacar de verdad. Sacar lo que pesa, lo que duele, lo que todavía no tiene nombre.
Ya no había viajes ni proyectos que taparan el silencio y, por primera vez en mucho tiempo, no había un “después” claro al que aferrarme. Solo ese tiempo abierto y la pregunta que siempre incomoda: ¿y ahora qué?
No apareció ninguna respuesta grande. No hubo revelaciones ni decisiones definitivas. Lo que hubo fueron gestos pequeños. Días que no dolían tanto. Mañanas un poco más livianas. Domingos pausados, la tranquilidad de haberlo dado todo y la aceptación suave de que no todo depende de mí.
No fue un año fácil, pero sí fue un año que me enseñó, a la fuerza: que no todo lo que parece estable lo es; que no todo lo que se construye se sostiene; y que hay despedidas que no vienen con palabras, sino con silencios largos, a veces eternos.
Fue el año en el que solté planes que no quería soltar.
El año en el que entendí que a veces uno no solo pierde personas, trabajos o lugares: pierde la idea de quién iba a ser ahí. Y eso duele distinto.
Y aun así, el 2025 no se cerró donde empezó.
Retomé mi proyecto personal. Me dejé tocar por cosas más pequeñas y más vivas. Le di más tiempo a lo que no hace ruido: leer, escribir, estar. Y en ese fluir sencillo, tan orgánico, tan honesto y tan bonito, empezaron a abrirse puertas que no necesitaban promesas.
Desempolvé el coraje de quien emprende sin miedo y me fui desconectando, poco a poco, de la validación innecesaria. Entendí que el corazón no estaba roto, sino cansado. Volví a creer en la posibilidad de un amor tranquilo, suave, genuino. Siendo yo. Siempre yo.
Y el 30 de diciembre, a las nueve de la mañana, justo cuando el año ya estaba por terminar, llegó a este mundo Juliana, mi segunda sobrina. Como la cereza inesperada sobre el pastel imperfecto. Y eso, por sí solo, es suficiente para decir que el 2025 valió la pena.
No fue el año de construir, fue el año de la Serpiente de Madera: el año de mudar de piel, de dejar caer lo que ya no era verdad, de quedarme sin mapa, de caminar sin saber. Gracias, 2025: aunque hayas dolido, fuiste honesto y me devolviste a mí.
