—¿Por qué has venido?
No lo sé muy bien. Tal vez ha sido una de esas escapadas en las que intento retarme a explorar la incomodidad desde otro ángulo.
—¿Otro ángulo?
Sí. Otros aires, otras calles, otros ruidos, otras personas. Verás, no me gusta encasillar la línea de tiempo de la vida en años, pero, aunque suene a frase de cajón, este justamente no ha sido nada fácil.
—Nada es fácil en la vida.
Lo sé, no he venido a quejarme; la víctima ya no existe. Aquí me tienes más fuerte, más guerrera, más sabia, más humana, y aunque tus aires, tus calles y tus ruidos me transporten a recordar lo que me hacía latir, estoy segura de que no soy la misma de antes.
—¿Qué cambió?
La forma de verme frente al mundo; la obstinación de mirar hacia otro lado, de no actuar, de guardar silencio ante lo que contaminaba, sigilosamente, lo que verdaderamente importaba.
—¿Y qué es lo que verdaderamente importa?
Pues no es el trabajo, ni los pines que pones en el mapa, ni el dinero que ganas o dejas de ganar; tampoco el “qué dirán” de los demás ni los aplausos que hoy se buscan en LinkedIn. Lo que importa en esta vida es atesorar la riqueza más grande que uno puede encontrar: la gente bonita.
—Ummm… ¿gente bonita?
No es lo que piensas. Me gusta llamar así a las personas que dejan huella, que están cuando deben estar, las que respaldan sus palabras con actos. La gente bonita es aquella cuya presencia transforma lo cotidiano en algo extraordinario.
—Entiendo. Es fácil dejarse llevar por espejismos, y a veces tardamos más de lo justo para darnos cuenta de que lo valioso nunca estuvo en lo que perseguíamos afuera, sino en lo que sostenía lo de adentro. Pero más vale tarde que nunca, ¿no?
El tiempo… ese es un concepto que no deja de dar vueltas en mi cabeza. A veces lo percibo largo, generoso y paciente; y, de pronto, se encoge, tan efímero, que un segundo en silencio se convierte en todo lo que tengo… y todo lo que pierdo.
—¿Qué tienes? ¿Qué pierdes?
Me tengo a mí, a mis raíces sólidas como las de tus ceibas, con las heridas cicatrizadas, un carácter más fuerte, un alma liviana y llena de color, como tus jacarandas de abril.
Lo perdido ya no está; es tiempo de volver a encontrar.
— ¿He servido para encontrar lo que buscas?
Aquí he recuperado partes de mí que creí perdidas y he dejado atrás lo que ya no tenía lugar en mi vida. Tus calles me han dado espejos. Tus ruidos me han devuelto los silencios reflexivos. Pero no es cuestión de geografía: el amor, la calma, la nostalgia y las ilusiones se llevan siempre adentro, y es ahí donde todo viaje comienza y termina.
—¿Tienes claro el próximo destino?
No. He comprendido que el propósito no es arribar a una estación, sino transitar el recorrido con plena conciencia, dejando que cada instante se vuelva experiencia, que cada tropiezo enseñe, que cada hallazgo transforme. El secreto no está en anticipar el final, sino en habitar la intensidad del trayecto, agradeciendo lo que se revela en el movimiento mismo.
—¿Volverías?
Aquí se vuelve siempre. Uno regresa no solo a los lugares donde ha sido feliz, sino a aquellos que se convierten en memoria viva, en territorio íntimo donde lo propio y lo ajeno dialogan sin conflicto.¡Qué chingona eres, México! Tú, como la gente bonita, siempre te has mostrado con tu misma cara: caótica pero emocionante, ruidosa pero llena de vida, auténtica, diversa y fascinante. En cada capítulo en el que me has acogido, he descubierto una versión más plena de mí misma, habitada de matices, ecos y nuevas posibilidades.
» – Sí. Soy Mexicana.
– Chavela, pero usted nació en Costa Rica.
– ¡Los mexicanos nacemos en donde nos da la rechingada gana»
Chavela Vargas
