Fábula Onírica


Estoy en la finca de la familia, pero no veo la casa como es hoy; frente a mí está la versión original, la de antes de la reforma, la de antes de que los abuelos se fueran. Sentada en el pasto, con las piernas cruzadas y los pies descalzos, tengo a mi lado a los perros mirando a la nada, igual que yo. De repente, sin aviso, echan a correr despavoridos como si una amenaza invisible y mortal se acercara. Reacciono e intento seguirlos, pero no puedo correr; me pesan las piernas como si tuviera piedras atadas a los tobillos. Cada paso es una eternidad. Mi mundo está en cámara lenta y el de ellos avanza a toda velocidad.

No me angustia la supuesta amenaza, lo que me aterra es que ellos se pierdan y no encuentren el camino de regreso. En medio de la impotencia, me percato de que estoy soñando… y que puedo volar. Doy un salto y, sin esfuerzo, me desprendo de la tierra. No aleteo como un pájaro, avanzo como si nadara bajo el agua, abriendo paso con los brazos y las piernas como las ranas.

Gano velocidad, pero ya no escucho a los perros. Los he perdido y el paisaje ha cambiado; una bruma espesa lo cubre todo y ya no distingo hacia dónde me dirijo. A lo lejos veo la silueta de alguien que ha elegido irse. Es casi imperceptible, pero yo tengo muy claro quién es. He olvidado porqué temo y a quiénes busco… ¿Qué hago aquí?

Intento pedirle auxilio, pero no me sale la voz; me esfuerzo por liberar un grito desesperado, pero me he quedado muda. La silueta se pierde en la oscuridad y caigo al suelo derrotada, ya no puedo volar, ya no quiero volar.

“¡Esto es un sueño, carajo, despierta!”. Sé que no es real, pero, aun así, no puedo abrir los ojos.

No recuerdo desde cuándo empecé a tener sueños tan vívidos; de esos que, aun sabiendo que no pertenecen a este mundo, me envuelven como una marea densa de la que no puedo salir. Allí adentro, todo es posible… menos escapar. Si creyera en fuerzas ocultas, en desdoblamientos o en ese tipo de fenómenos, probablemente les atribuiría la culpa. Pero no: es mi cerebro y sus reacciones químicas, tejiendo una fábula onírica, una metáfora desbordada de los miedos que callo cuando estoy despierta, un reflejo distorsionado de lo que no me permito sentir a la luz del día.

En los últimos meses, estos sueños se han vuelto más frecuentes. No es casualidad. Ha sido un año áspero, de despedidas inesperadas, de ausencias que dejaron un eco largo, de certezas que se resquebrajaron sin previo aviso. Cada vez que empiezo a recuperar el equilibrio, una nueva sacudida me arrebata el suelo. Es como si las anclas que me sostienen tras cada tormenta se soltaran una a una, dejándome a la deriva justo cuando creía haber encontrado calma.

Despierto. Abro los ojos y los cuatro perros están al lado de la cama saludándome como si, mientras dormía, me hubiera ido a otro lugar. Los animales tienen esa certeza silenciosa: nunca se irán de quien los quiere por voluntad propia. Me levanto con la sensación de no haber descansado, pero me visto para hacer ejercicio. Entre repeticiones y respiraciones aceleradas, me pregunto si no será demasiado dramático escribir sobre esto en mi blog. ¿A quién podrían interesarle mis angustias? ¿Tengo derecho a desahogar penas que, frente a las verdaderas catástrofes del mundo, son realmente minúsculas? Nadie ha dicho que vivir sea fácil; todos hemos tenido que despedirnos de alguien, de algún lugar o de versiones de nosotros mismos que creíamos definitivas, y aquí estoy yo, otra vez haciendo catarsis con palabras.

A veces pienso que sería más mainstream, y con toda seguridad más llamativo, dedicarme a escribir sobre consejos de belleza o recomendaciones de restaurantes de moda; seguro así aumentaría seguidores en Instagram y evitaría mostrar mi lado más frágil. Pero, ¿qué le vamos a hacer?, si casi siempre es de la incomodidad de donde nacen las verdades más puras, las transformaciones más hondas y las historias que realmente nos tocan.

Regreso del gimnasio y me pongo frente al computador a escribir este post. «No voy a dejar este escrito en el bloc de notas», pienso; eso sería invalidarme, y de esa sensación he venido huyendo desde hace un tiempo. Y sí, lo sé: hay dolores en el mundo que eclipsan al mío, historias que se narran con sangre y pérdida irreparable.

Con frecuencia me juzgo por escribir sobre lo que me duele, como si existiera una medida oficial para decidir qué merece ser contado y qué no. Pero luego recuerdo que el dolor no compite; que no hay una vara para determinar qué aflicciones pesan más que otras; que lo que aprieta el pecho y nubla los días merece ser atendido, aunque otros sufran tormentas más feroces.

Sentir sin prejuicio es un acto de valentía, como esos miedos que, en la penumbra de los sueños, se liberan de las cadenas del qué dirán para existir a su antojo. A veces no se trata de cargar el dolor con discursos grandilocuentes ni con promesas gastadas de “todo pasa porque algo mejor está por venir”. La verdad cruda es que el dolor no siempre llega con un sentido existencial, ni con una recompensa escondida.

“Shit happens” -dicen-, y en ocasiones, por mera casualidad, el universo decide enviarnos todas las batallas al mismo tiempo. Por sentido de supervivencia nos ponemos la armadura y hacemos buena cara. Buscamos el lado bueno, el “¿para qué?”, no el “¿por qué?”, y todas esas frases que inundan los best sellers de autoayuda en las librerías, pero pocos de esos gurús nos dirán que a ratos está bien, y es necesario, llorar, rabiar y despotricar sin pretender encontrarle una explicación a todo.

Estar entera no significa ser inmune al dolor. Lo más honesto es reconocer que quizá no se marche, sino que se disimule entre los días buenos y las nuevas ilusiones. Camina con nosotros porque esa vulnerabilidad revela lo que realmente nos importa y nos conecta con nuestra esencia más profunda.

Sí, entre más sensibles, más sufrimos, pero esa misma sensibilidad, aunque a veces molesta, es lo que nos hace plenamente auténticos. Por eso, cuanto más le huyamos durante el día, más resonará en la oscuridad de los sueños, donde no hay máscaras, solo la verdad desnuda que se atreve a hablar.

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