Los treinta me sorprendieron en un avión atravesando el Atlántico, es decir que tuve la suerte o el infortunio de cumplirlos por partida doble, en dos franjas horarias. ¿Me equivocaría de fecha al comprar el vuelo?, ¿habría olvidado lo sucedido tres décadas atrás ese día de noviembre? Conociendo los antecedentes de mi despiste crónico no hubiera sido extraño, pero esta vez no era el caso, la compra de ese billete aéreo fue premeditada pues de manera consciente intentaba sacarle el quite y restarle importante a la inminente llegada a los treinta años.
Antes de abordar el vuelo pensé que si lo notificaba a la señorita del counter quizás podría lograr un asenso de clase a modo de regalo de felicitación o en su defecto una condolencia para menguar mi pena, pero esta idea, que en su momento sonaba muy astuta, no resultó y lo único que obtuve cuando dieron las doce de la madrugada, fue una página de la revista de la aerolínea firmada por la tripulación y un par de paquetes extra de cacahuetes, ni siquiera un aplauso de los pasajeros como en las películas de Hollywood. Pedí dos copas de vino tinto, abrí todas las mini bolsitas de cacahuetes, me puse los audífonos con la versión original de «All by Myself» y brindé por mí levantando la copa al aire sin ningún tipo de vergüenza. -«Soy una especie de Bridget Jones latina»-
Cinco años han pasado desde entonces.
Debo admitir que el coscorrón de la «treintañez» no me llegó sino hasta hace un par de años, quizás porque mi proceso de maduración siempre ha llegado más tarde que a la gente normal, o tal vez porque creía tener mi vida bastante hecha y planificada. Había viajado, estudiado, comenzaba a ver los frutos de mi carrera profesional con mi empresa y tenía una relación de pareja estable. El cuadro perfecto, ¿para qué preocuparse?
EL 2016 me cayó como un baldado de agua fría, con muchos cambios que me resultaban difíciles de entender y asimilar. Sin previo aviso me vi forzada a transformar la estabilidad que pensé inamovible para comenzar a escribir un nuevo capítulo de una historia que ya no tenía principio, y como en mis épocas de adolescencia en las que lloraba mis conflictos a través de las palabras, decidí volver a escribir. Escribir como forma de catarsis.
He aquí el comienzo de este blog.
¿Comenzamos?
