Parece difícil de creer pero no recuerdo con claridad el momento en el que decidí que quería tener unas tetas más grandes. Jamás me he sentido identificada con la voluptuosidad de la mujer latina y mucho menos con mostrar la piel (para demostrar) más de la cuenta. Desde pequeña he preferido vestirme con ropa holgada, cómoda, nada que llame mucho la atención, y sin embargo, casi pasando la adolescencia, el bicho de ponerme implantes me picó.
Iniciaba una nueva década y los estigmas respecto a los cuerpos perfectos de las revistas y las telenovelas se llenaban de poder con el nacimiento de las redes sociales. El 90-60-90 de los, hoy casi obsoletos, reinados de belleza se convertían en un requisito social para verse y sentirse bien, para encajar, para gustar. Las operaciones de tetas se vendían como pan caliente. Entrar al quirófano para introducir en el cuerpo de manera forzada y antinatural dos bolsas de silicona, parecía tan normal como ir a la peluquería a hacerse un cambio de look. No se hablaba de los posibles riesgos futuros, de los reemplazos a los que había que someterse cada 10 años, o de la necesidad de recibir un acompañamiento sicológico previo a esa decisión tan radical. Tener tetas postizas era normal y cada vez eran más las jovencitas que caíamos en el espejismo de salvaguardar nuestras inseguridades bajo un par de pechos parados, redondos, duros como una piedra, más falsos que la misma idea de encontrar en ellos la confianza que realmente necesitábamos.
Al primer año de mi operación llegaron las incomodidades. Mi cuerpo delgado y pequeño no estaba diseñado para el 34C. Me sentía incómoda e incluso violentada cuando las miradas se centraban en esos dos bultos que no eran míos, jamás fueron míos, no era yo. Pasaron varios años y terminé por acostumbrarme, le tenía pánico a volver a pasar por esa fría sala cirugía. Nadie me había obligado, al final había sido mi decisión y si había cometido un error debía afrontarlo.
Hace unos meses me encontré por casualidad con un artículo acerca del Síndrome de ASIA (Síndrome Auto-inmune Inducido por Adyuvantes), atribuido a la presencia de cuerpos extraños en el organismo. Al escuchar los testimonios de varias mujeres y los síntomas asociados a la enfermedad me quedé fría. Compartía muchos de ellos; pequeñas alarmas que a lo largo de todos estos años había ignorado o atribuido al estrés, la comida, la edad… cualquier otra cosa. Una enfermedad silenciosa que somete al cuerpo a una lucha diaria e incesante contra algo que no le pertenece. Sin dudarlo, esta vez entré al quirófano para finalmente escuchar a mi cuerpo verdadero, para pedirle perdón por haberlo sometido a una innecesaria y falsa idea de perfección, para reencontrarme con mi yo verdadero y ser realmente consecuente con las ideas que me identifican, con la forma en la que interpreto la belleza integral del ser humano.
Hoy cumplo un mes de haber vuelto a mí, después de más de 15 años cargando el peso de los estereotipos culturales propios de las sociedades superficiales y machistas. Hoy sin-teticas me siento libre, más sana, más bella y más perfectamente imperfecta que nunca.
