El Ghosting

Ya han pasado varios años desde que nos vimos forzadas a vivir las conexiones humanas detrás de un avatar. Cuando nos aproximábamos a entender las señales de carne y hueso, de la vida real, del face to face, tuvimos que trasladarnos a un universo digital inquietante y confuso. Aplicaciones de citas que obligan a venderse como un producto; historias de Instagram para mostrarse vigente, para gritarle a los seguidores ¡Aquí estoy! ¡Mírame! ¡reacciona!

Pareciera que a medida que la humanidad suma años de existencia, el mundo de las relaciones se vuelve más frívolo, más trivial, más facilista.

El coqueteo virtual a través de una pantalla cambió las reglas de juego de las relaciones y trajo consigo nuevos códigos y lenguajes que aún no terminan por esclarecerse. Un like, dos likes, un guiño, un corazoncito. ¿Qué me quieres decir?

Pasamos de mirar directamente a los ojos, a imaginarnos unos ojos lejanos que en cualquier otro lugar están pasando por el carrete de nuestro mundo virtual, ese que no puede mostrar los sentidos ni la esencia. Nos conformamos con pequeñísimas muestras de interés. Todo va bien mientras recibimos reacciones digitales que tristemente hinchan nuestro autoestima; todo va bien mientras nos mantenemos en el vicio de recibir mensajes esporádicos; todo va bien hasta que de manera inexplicable e inesperada se callan los mensajes, se apagan las reacciones y en el peor de los casos resultamos bloqueadas. Todo va bien hasta que llega el ghosting, ese ser que busca desaparecer como un fantasma, sin tener en cuenta que los fantasmas no desaparecen hasta que se enfrentan encendiendo la luz.

El “tenemos que hablar” ya no existe y si bien está clarísimo que nadie merece un interés forzado, deshacerse de las personas se ha convertido en una práctica sistemática y un poco cobarde que no conoce la empatía. Tal vez el ghosting sea una consecuencia de haber perdido las aptitudes y herramientas para comunicarnos de manera directa, precisamente por la transformación de los canales de comunicación, pero aceptar este tipo de actitudes hace que poco a poco las normalicemos, que aceptemos un adiós desierto, un rechazo inexplicable que injustamente nos lleva a cuestionarnos nuestro comportamiento ¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿Qué cambió? ¿en qué la embarré?

“Si no es para mí no es para mí” “Vendrán nuevas oportunidades” “Él se lo pierde” “Lo que no sirve que no estorbe”… todas esas afirmaciones pueden ser ciertas, no nos vamos a morir de pena a causa de esos fantasmas, que aunque no lo veamos de manera inmediata nos están haciendo un favor, pero así como tenemos el poder de pasar de ellos, merecemos poder hacerlo de una forma sensata y respetuosa. El ghosting impide que cerremos ciclos del todo, ralentiza el proceso, lo hace más doloroso. ¿Porqué no enseñarle a esos amores virtuales que es más fácil quitar la curita de un solo tirón? ¿Porqué no hacer valer nuestro tiempo y decirle a ese fantasma que se ponga los pantalones? 

Hagamos esa pedagogía y tal vez un día volveremos a saber cerrar relaciones fuera de la virtualidad.

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