El espejo no miente

Hacía un buen tiempo que no me detenía a mirarme en el espejo. No para analizar minuciosamente cuántas marcas o arrugas nuevas habían asomado, sino para observarme de verdad, desde adentro. Como una espectadora externa que, a pesar de conocer al detalle lo que ve, aún espera dejarse sorprender con algo nuevo. Como si, al abrir bien los ojos, pudiéramos encontrar esa respuesta que tanto buscamos. Como si el reflejo, de pronto, empezara a hablarnos desde el otro lado del marco.

Primero vi a la niña desparpajada, la que en sus primeros años de vida no conocía la vergüenza para hablarle a cualquier extraño, la que trepaba descalza en los árboles y se tiraba al agua en ropa sin miedo al peligro o al regaño de sus padres, la que se inventaba canciones y rimas y soñaba con que algún día fueran famosas. Sentí nostalgia -como de querer abrazarme – y quise viajar en el tiempo para recordarme que disfrutara lo que más pudiera de esos años, en los que la única preocupación era alcanzar a llegar el lunes con la tarea de matemáticas. Después vi el reflejo de mi adolescencia, época dura y confusa, llena de interrogantes que me empezaban a sacudir mis certezas sobre la vida, los sueños, el futuro y las inseguridades que durante mucho tiempo no supe manejar. Y luego volví a la adulta, a la de hoy, la que ha tenido que sostenerse muchas veces en la deriva, la que ha buscado amar con transparencia y un poco de locura, la que se ha caído y se ha levantado secándose las lágrimas con las mismas manos con las que escribe.

Me acerqué a mi reflejo y ya no me vi rota. Le pedí perdón a mi versión chiquita por no haberle cumplido a cabalidad sus sueños. Le pedí tiempo a la adolescente para terminar de resolver los issues que aún aquejan y le prometí a la adulta que a partir de entonces ya nada sería como antes; y aunque aún había algo de polvo a mi alrededor, una sonrisa genuina me invitó a terminar de barrer del suelo las esquirlas de un corazón roto. Tomé mi reflejo como una proyección del futuro y me di la vuelta para tomar un camino distinto. Uno en el que no me olvido de mí, en el que me abrazo tanto en la derrota como en el triunfo, en el que escucho lo que me dicen las entrañas y dejo de traicionarme por miedos infundados. Un camino donde no persigo lo que no quiere quedarse, donde no negocio mi paz a cambio de promesas rotas, donde me vuelvo a elegir cada día, incluso cuando el ruido de afuera intente hacerme dudar. Un camino que no promete certezas, pero sí coherencia. Porque después de romperse y volver a armarse, se entiende que el verdadero compromiso no se trata de sostener lo ajeno, sino de no traicionar lo que uno ya sabe. Y que avanzar no siempre es correr: a veces es detenerse, observarse y empezar a andar más lento.

Sanar no es olvidar, es desprenderse de lo que arde aunque quede cicatriz. Es darse tiempo para reencontrarse en el silencio y en la soledad, permitirse volver a armar las piezas de una mejor versión, perdonar… y perdonarse. Y entonces, en el momento menos pensado, cuando la vida ya fluye distinto, cuando se respiran otros aires, me encuentro otra vez inventando canciones y bailando, incluso cuando no hay música.

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