«Las sobras para los perros» escuchaba decir a algún adulto al terminar un gran almuerzo familiar en la finca. Lo decían sin malicia, como quien repite una regla no escrita del orden doméstico: primero los invitados, luego la casa, y al final —cuando ya no queda ni hambre ni ceremonia—, los perros. A mí esa frase me sonaba a injusticia. ¿Por qué lo que queda y no lo que se elige? ¿Por qué lo que ya nadie quiso?
Ignorando las indicaciones, yo les daba bocados de la mejor parte del lomo por debajo de la mesa con la responsabilidad de que se sintieran priorizados. Me miraban con esos ojos redondos, brillantes, como si supieran que de mí podía venir un pequeño acto de justicia, aunque fuera envuelto en grasa de cerdo y migas de pan. No lo hacía por rebeldía, o tal vez sí, pero era más fuerte el impulso de dignificar su espera.
Mientras los adultos reían, brindaban y desbordaban las bandejas con generosidad humana, yo pensaba en lo que quedaba fuera del festín: los silenciosos, los pacientes, los que esperan. Y en ese gesto escondido bajo la mesa, en esa alianza secreta entre mis dedos y sus hocicos ansiosos, aprendí que el cariño también se sirve caliente, a tiempo, y con intención. Al caer la tarde, la jauría se disputaba sin drama los huesos pelados, aún tibios, con alguna hebra de carne aferrada a la médula y rastros dispersos de lo que a nadie le despertó el apetito. Y eran felices. No pedían más. No esperaban más. Había en ellos una aceptación que podría llegar a rozar con la sabiduría.
Tal vez todo sería más fácil si fuéramos un poco más perros y menos humanos. Si pudiéramos ser felices con migajas y con lo que cae por descuido, atravesaríamos la vida con menos expectativas y menos heridas. Nos bastaría un gesto tibio -casi frío-, una compañía fugaz, un rincón donde echarnos sin hacer preguntas. Y aunque cada vez más me dejo llevar por el ahora, permitiendo la que la vida fluya sin afanes, nuestra especie no está hecha para batirle la cola a la mínima muestra de atención. Queremos y nos merecemos la elección sin titubeos, el espacio que no se comparte por lástima ni por costumbre, el cuidado que se devuelve, la co-responsabilidad afectiva. Y, sin embargo, ahí estamos a veces: conformándonos con lo que hay, sonriendo con hambre, agradeciendo lo que apenas roza el querer. Haciéndonos adictas a lo que sobra.
Desde siempre he procurado actuar con transparencia sentimental, reconociéndome a mi misma con auto-crítica, pero también con empatía. Trabajando constantemente en los fantasmas que surgen dentro de la duda y terapiando las inseguridades que también nos hacen humanos. He amado desde la entrega, no desde la estrategia y he creído —tal vez con inocencia— que quien se muestra genuino invita a lo mismo; que quien da con el corazón abierto, inevitablemente recibirá algo parecido. Pero no siempre es así. A diferencia de los perros, que devuelven el cariño sin cálculos y celebran cada gesto como si fuera el primero, entre humanos el afecto a veces se mide, se dosifica, o simplemente no vuelve.
Merecer no es pedir demasiado. Esperar lo que se da no es ser egoísta. Expresar lo que se quiere no es ser exigente, es tener claro el propio valor. Pedir transparencia cuando te han abierto una puerta —así sea a medias— no es incomodar, es un acto de seguridad interior: para mirar el espacio, reconocer lo que hay y decidir, con conciencia, si se quiere habitar. Ni perros ni humanos estamos hechos para permanecer en lo incierto, ni para instalarnos en un lugar plagado de sombras. Y cuando ya no vemos con claridad, cuando damos pasos al vacío sin una antorcha en la mano, la responsabilidad de volver a encontrar el camino es solo nuestra. El trayecto no será fácil ni admite atajos. Pero cada paso —aunque duela, aunque pese— nos acercará a un territorio más firme, a un verdadero acto de amor propio, ese mismo que merecemos recibir.
