Con los años, muchas de nosotras empezamos a sentir que hay piezas que no encajan. Que por más que planificamos, algo siempre se sale del guión. Que no importa cuántas listas hagamos, la vida igual se escapa por los márgenes. Y ahí, en esa grieta, empieza a entrar una nueva verdad: que controlar no es vivir. El control es una ilusión que nos aleja del presente y nos impide sentir el pulso genuino de las cosas.
De formas sutiles —y no tan sutiles— nos enseñaron que ser mujer es tenerlo todo resuelto. Que no se note el caos, ni el cansancio, ni el miedo, porque temer nos hace “débiles”. Que la ropa sucia se lava en casa, que las lágrimas se esconden debajo de la almohada y la sonrisa se lleva bien puesta – pase lo que pase. Que pasada la treintena ya deberíamos tener todo bajo control: una carrera brillante, una familia, muchos pines en el mapa, sabiduría emocional, una piel radiante, amistades profundas, una cuenta bancaria bien gorda, ojalá un doctorado.
Pero la verdad —la que a veces apenas nos atrevemos a pensar en voz alta— es que sostener todo eso es simplemente ¡AGOTADOR! El cuerpo lo aguanta pero el alma se consume, porque por más que intentemos cumplir con la lista imaginaria de “cómo deberíamos ser”, la vida insiste en mostrarnos que nada se puede planear, controlar ni predecir, (no creo en pitonisas, brujas o clarividentes).
Durante mucho tiempo creí que tenerlo todo planeado me protegía del caos. Itinerarios detallados, listas de pendientes en Excel, mapas mentales y emocionales que intentaban anticiparlo todo: los movimientos de los demás, mis reacciones, los giros imprevistos de la vida. Había algo tranquilizador en confiar en que, si me adelantaba lo suficiente, podría evitar el dolor, la incertidumbre, el desorden.
Pero la vida no se deja domesticar. Por más que uno la cuadricule, siempre encuentra la manera de llevarnos por otros senderos, de moverse a su ritmo, de enseñar que el control es una ilusión disfrazada de eficiencia. Y entonces entendí que parte de mi ansiedad no venía del caos mismo, sino de mi resistencia a aceptarlo como parte del camino.
Hace un tiempo, en una de mis terapias, mi terapeuta me pidió imaginarme sentada en una roca frente a un río. Descalza, en posición de loto, con el rostro acariciado por el aire fresco. Solo debía observar el agua correr, sin intervenir. Contemplar el movimiento del caudal sin juicio, sin prisa, sin esa necesidad de nombrar cada cosa. El río como la vida misma. Y al permitir que fluya lo que no podemos controlar, también algo dentro se ablanda, se rinde, se entrega. Como si al soltar, por fin, volviéramos a habitar lo que no tiene precio: nuestra calma.
La metáfora es bastante fácil de entender pero igualmente difícil de aplicar. Es inherente a nuestra condición humana querer tener certezas, descifrarlo todo, encontrar —o inventarnos— respuestas como una forma de protegernos frente a lo incierto, y somos tan hábiles para autoengañarnos que agotamos todas las fórmulas, todos los planes, todas las estrategias posibles que, en modo bucle, nos dejan en el mismo punto de partida.
¿Qué tal si soltamos los remos? ¿Qué tal si habitamos de manera más honesta “lo que hay”?
Soltar no es rendirse, es confiar en que, de una u otra forma, las aguas siempre encuentran su cauce. Soltar no es huir, es aceptar que casi nada está bajo nuestro control, aunque a veces lo parezca. Soltar no es cerrar los ojos, es permitir que la claridad llegue cuando dejamos de forzar la mirada. Fluir sin resistencia, sin prisa por encontrar respuestas, escuchando nuestro entorno, escuchándonos a nosotras mismas, abrazando la dirección natural de la calma y el caos. Reconocer los momentos en que debemos dejar de insistir en lo que ya no resuena y dejarnos llevar sin garantías, porque no saber también hace parte del viaje. Y en ese camino, soltar se convierte en un acto de valentía.
