Autor: Sylvia Lucía Rugeles Rugeles

  • La Pubertad en los 90´s

    La Pubertad en los 90´s

    Mis fotografías pre-adolescentes constituirían hoy un excelente insumo para los memes de redes sociales. Brackets, flequillo voluminoso y uno que otro granito. No recuerdo si era yo o mi mamá quien decidía en términos de moda pero los outfits que llevaba eran de campeonato, conjuntos que hacían juego desde las medias hasta el moño del peinado; y el pelo, cómo olvidar el pelo, no se sabía qué era peor si llevarlo al natural o con «blower», porque en los 90´s  la plancha era solo para la ropa. Las chicas nos veíamos obligadas a llegar a las fiestas de Coca Cola con ron, con una protuberante melena y sintiendo odio profundo hacia la peluquera que había hecho tal desastre. En las fiestas estaban las bonitas esbeltas y encantadoras, una clara minoría de mi generación, y al otro lado estábamos nosotras, las que parecíamos no haber superado los doce años, resignadas a observar desde una silla la pista de baile adornada con una bola disco en el centro , llevando con los pies y con movimiento leve de cabeza el ritmo de alguna canción de Juan Luis Guerra, o algún tema de La Cripta, anhelando que algún muchachito nos sacara a bailar, yo en realidad deseaba con todas mis fuerzas pasar de una vez por todas la página de la adolescencia.

    Innumerables fueron las anécdotas que tuvimos que soportar con mis amigas, las mismas con las que hoy nos reímos recordando esa complicada transición de la infancia a la adultez. Quizás la más emblemática tuvo lugar en una fiesta de halloween, evento en el que todas prometían ir con disfraces reales pero terminaban asistiendo divinas de la muerte ignorando completamente el código de vestimenta, menos yo que me lo tomaba siempre muy en serio. Ese año convencí a mis amigas de hacer una comparsa de los Locos Adams, muy poco creativa la temática pero cumplía con el objetivo. Hicimos entrada triunfal y no se sabía cual era la peor, plataformas tipo frankestein, cejas unidas con lápiz de maquillaje, los pelos más esponjados que nunca y la cara de sorpresa/decepción al ver que las invitadas estaban «disfrazadas» de cualquier profesión, heroína o princesa, todas las categorías en su versión más sexy. Frente a este panorama raro era que nos sacaran a bailar. Esa vez nos sentimos tan mal con nuestra idea que terminamos saltándonos por una ventana para escapar del vergonzoso momento.

    Un poco más de dos décadas han pasado y no queda nada de la figura representativa de la adolescente de los noventa. Hoy la pubertad no llega con el pack granos, los papeles se cambiaron, las bonitas, esbeltas y encantadoras son la mayoría, se desenvuelven a la perfección con los chicos y parece que las hubieran alimentado con proteína para equinos haciendo verdaderamente real la transición femenina de niña a mujer. ¿Porqué hay años luz de diferencia?, ¿es tan rápido el cambio generacional?, me dirán que es por el tema globalización, saturación mediática y todo el boom digital de las redes sociales, pero yo por muchas revistas «Tú» que leí, videos de música de Mtv que vi y horas y horas que pasé en el ICQ, me mantuve igual, no solo con brackets, pelo frizz y sin bailar con los chicos, sino también con la inocencia propia de la edad, con una red social que se vivía afuera con los amigos del barrio, jugando a las escondidas, montando en bici, sin celular y sin necesidad de registrar fotográficamente cada momento para compartirlo con desconocidos, una adolescencia real que no la cambiaría por nada, ni siquiera por ser la más esbelta, bonita o encantadora.

  • ¡Felices 30!

    ¡Felices 30!

    Los treinta me sorprendieron en un avión atravesando el Atlántico, es decir que tuve la suerte o el infortunio de cumplirlos por partida doble, en dos franjas horarias. ¿Me equivocaría de fecha al comprar el vuelo?, ¿habría olvidado lo sucedido tres décadas atrás ese día de noviembre? Conociendo los antecedentes de mi despiste crónico no hubiera sido extraño, pero esta vez no era el caso, la compra de ese billete aéreo fue premeditada pues de manera consciente intentaba sacarle el quite y restarle importante a la inminente llegada a los treinta años.

    Antes de abordar el vuelo pensé que si lo notificaba a la señorita del counter quizás podría lograr un asenso de clase a modo de regalo de felicitación o en su defecto una condolencia para menguar mi pena, pero esta idea, que en su momento sonaba muy astuta, no resultó y lo único que obtuve cuando dieron las doce de la madrugada, fue una página de la revista de la aerolínea firmada por la tripulación y un par de paquetes extra de cacahuetes, ni siquiera un aplauso de los pasajeros como en las películas de Hollywood. Pedí dos copas de vino tinto, abrí todas las mini bolsitas de cacahuetes, me puse los audífonos con la versión original de «All by Myself» y brindé por mí levantando la copa al aire sin ningún tipo de vergüenza. -«Soy una especie de Bridget Jones latina»-

    Cinco años han pasado desde entonces.

    Debo admitir que el coscorrón de la «treintañez» no me llegó sino hasta hace un par de años, quizás porque mi proceso de maduración siempre ha llegado más tarde que a la gente normal, o tal vez porque creía tener mi vida bastante hecha y planificada. Había viajado, estudiado, comenzaba a ver los frutos de mi carrera profesional con mi empresa y tenía una relación de pareja estable. El cuadro perfecto, ¿para qué preocuparse?
    EL 2016 me cayó como un baldado de agua fría, con muchos cambios que me resultaban difíciles de entender y asimilar. Sin previo aviso me vi forzada a transformar la estabilidad que pensé inamovible para comenzar a escribir un nuevo capítulo de una historia que ya no tenía principio, y como en mis épocas de adolescencia en las que lloraba mis conflictos a través de las palabras, decidí volver a escribir. Escribir como forma de catarsis.

    He aquí el comienzo de este blog.

    ¿Comenzamos?