En estos días fui a un centro comercial a hacer unas compras. Escogí uno de los más completos de la ciudad para poder tener todo a la mano y salir de los encargos lo mas rápido posible, cosa que jamás sucede en un centro comercial. No sé si al lector o lectora le suceda lo mismo, pero cada vez que entro a un sitio como estos siento que me atrapa un monstruo del consumismo con una boca muy grande, y no me engulle por el lado consumista de la compra impulsiva, su arma más letal, sino porque siento que en ese espacio no existe el tiempo, ni el clima, ni las coordinadas geográficas. En un centro comercial todo siempre es igual, nadie se entera si afuera caen truenos o resplandece el sol; el tiempo se va a una velocidad incompresible; el murmullo de la gente genera un sinfín de acordes desordenados y caóticos. Todo es agobiante y encima uno termina pagando por ello. Otra de las ironías de nuestra vida.
Ese día de compras, en el que pensé que todo iba a pasar rápido y sin mucho dolor, como quitarse una curita de la herida, terminó llevándome toda la mañana.
Quise seguir una ruta estratégica y terminé pasando dos o tres veces por los mismos lugares, porque insisto, en esos sitios no hay coordenadas geográficas y también debo aceptar que la brújula no vino incorporada en mi ADN. El caso es que mientras deambulaba metida en ese monstruo mercantil caí en cuenta de una cosa, que realmente era la idea inicial de este artículo aunque lleve ya varias líneas dedicadas a otro tema, y es que esta vez pude hacer algo un poco bizarro pero reconfortante: hablar sola bajo el manto del tapabocas sin que nadie se diera cuenta ¡ni siquiera yo misma! Casi al final de la misión, cuando estaba pagando, noté que llevaba hablando sola toda la mañana, comentando conmigo misma lo bueno, lo malo y lo feo, pasando totalmente desapercibida y de una u otra forma haciéndome la experiencia más amena. ¡Wow, he aquí un uso ventajoso del tapabocas: el pasar de incógnito! Porque está clarísimo que hoy por hoy el tapabocas es totalmente necesario, pero también es cierto que es muy jodido acostumbrarse a la sensación sofocante de ese pedazo de tela sobre nariz y boca que estamos obligados a portar en la nueva realidad; realidad que parece jamás cambiar en un centro comercial porque allí todo siempre es igual.
