Admiro y en cierta forma envidio a la nueva generación de instagramers, influenciadores y bloggers, aunque estos últimos, no nos digamos mentiras, cada vez somos menos.
¿Cómo hacen, quienes como yo no viven de esto, para tener el tiempo de multi-taskear sus trabajos con las selfies, los filtros y los tik-toks?
A duras penas yo logro revisar mis redes sociales minutos antes de irme a la cama y tengo una lista de órdenes de reclamación de mis contactos de WhatsApp a causa de mi fantasmismo digital.
Sin embargo, y también antes de irme a dormir, en el momento en que ya no hay luz y empieza el cerebro con el bombardeo de pensamientos, solo se me ocurren ideas para hacer esto: contar historias. Horas después, suena la alarma y ahora el fuego graneado proviene del correo electrónico con las tareas del día. Las ideas de escribir se quedan guardadas para después y entro en el bucle que ha tenido las palabras guardadas por meses.
Hace unos días alguien me preguntaba qué era lo que más me gustaba hacer y sin titubeos respondí que escribir. Me fui a casa rumiando la conversación y regañándome a mi misma por no sacar el tiempo para hacer lo que me apasiona -¡amiga, imposible que no existan un par de horas a la semana para tu blog!-
He decidido pues, volverme más multi-tasking, no para pintarme los labios mientras conduzco, probablemente no volverían a saber de mí y además no me pinto los labios. He tomado la determinación de ser más multi-tasking para no volver a olvidarme de este espacio y de ustedes, quienes se toman el tiempo de leerme.
He vuelto.
He vuelto para quedarme.
