¡Cheers Covid19!

Ha pasado un año desde el día en que de forma incrédula decidí volver a la casa de mis padres. Aproveché el empujón, de lo que para mí era una conspiración de la industria farmacéutica, para volver a mi refugio, esta vez, con una excusa válida que se anteponía al vacío de soledad que siempre me hacía comprar un tiquete de avión con destino directo al nido. En pocos días mi teoría conspirativa se derrumbó y aunque tuve que retractarme de mis odiosos comentarios en redes sociales contra el sistema, sentí el alivio esperanzador de que por semanas no tendría que pensar en un tiquete de regreso. Me despedía indefinidamente de la soledad.

El placer de convivir en familia. Saludar por las mañanas y compartir el café con mi mamá antes de hacer ejercicio juntas. Discutir las noticias del medio día con mi papá renegando de todo desde la comodidad de un sofá. Ver caer la tarde leyendo en una hamaca con los perros a mi lado. Terminar el día viendo The Crown en medio de mamá, papá y los perros. ¡Qué dicha volver! ¡Qué dicha no regresar! ¡Qué dicha la no soledad!

Las semanas se convirtieron en meses y de repente, sin previo aviso, volví a sentir un vacío en el pecho. Justo antes de mi ventajosa huida había decidido comenzar un nuevo capítulo de mi vida en Bogotá, no había escrito más de dos párrafos y ya estaba de nuevo en el principio, en el territorio seguro y cálido que me atrapa sin darme cuenta y me convierte en una niña vulnerable miedosa y dependiente. ¡Necesito salir del nido! ¡necesito mi soledad!

Ironía o no, Bogotá estaba prácticamente cerrada y no podía volver. Decidí salir los fines de semana al campo, sola con mis pensamientos, un libro que nunca leí y un computador para escribir en el que nunca escribí. Estaba en blanco de nuevo. Salía los viernes con las ganas de conectarme con mi creatividad y volvía los domingos a echarme en la cama de mis padres con una rara sensación entre la dicha y la derrota. El vacío me perseguía aún cuando tenía al lado a mis guardianes, porque esos huecos no se llenan en compañía, esos huecos se llenan peleando sin escudos pandémicos, o de cualquier índole, con la soledad.

Volví a terapia, (alabada sea, todo ser humano tendría que hacerla), me encontré con la niña sobreprotegida que, a pesar de haberse ido de casa y haber vivido en otros países, seguía pegada a la teta, aferrada a la idea tan bonita como falsa de tener siempre el amparo de papá y mamá.

Han pasado tres meses desde que de forma decidida y nostálgica volví a Bogotá. Reviví las plantas de mi casa que al igual que mi yo de hace un año añoraban desesperadamente la compañía. Salí del nido pandémico. Volví a disfrutar de mi propio espacio, de mis momentos y mis horarios, de mis hábitos únicos e inentendibles, y cuando ya no me agobiaba la idea de no saludar los buenos días aprovechando el silencio del primer café, de repente y sin previo aviso la no soledad volvió, pero esta vez yo no tuve que buscarla subida en un avión.

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