Estoy confundida y es por culpa de Instagram. Ya no sé qué creer.
Deslizo mi dedo en la pantalla del móvil, en un acto consciente de desperdicio vano y trivial de mi tiempo, saturando mis ojos con imágenes que en su mayoría no me importan, pero igual las veo. Paso por retratos de primeros planos de personas cuyos rostros parecen de porcelana; poses «casuales» como si estuviesen coordinadas por un director de arte; historias en el gimnasio que no conocen la sudoración; videos de fiestas en la madrugada con chicas luciendo como recién salidas del salón de belleza; fotografías de apetitosos pasteles, cupcakes y malteadas a punto de ser ingeridos por mujeres y hombres que enarbolan su magnífica esbeltez; capturas de logros y éxitos diarios; madres multi-tasking que no trasnochan; bebés y niños que no vomitan, que no hacen berrinches; en suma: una oda a la perfección.
Recostada en mi cama, en las noches en las que mis manos me traicionan y toman primero el teléfono que el libro, intento trasladarme a esos momentos que veo en las fotografías y activar el modo tolerancia, a través del ejercicio mental de ponerme en la «piel» de sus protagonistas. Pero antes debo apuntar que mi caso quizás es más complejo para tal fin, pues soy de esos seres humanos que muy pocas veces salen bien en las fotos. Ya me lo decía mi abuela, sí mi abuela, que normalmente solo tenía piropos para sus nietos: «mi´jita, sumerced, la verdad, y sin que se ofenda, pocas veces sale como realmente es en una foto»; mi ego y yo lo quisimos entender bajo la siguiente premisa: – la abuela me ve linda de carne y hueso, pero no a través del lente-. Ella tenía razón, porque aunque no lo pareciera, uno de los momentos que más me genera incomodidad es posar para una foto.
Pero volvamos al ejercicio de tolerancia y empatía hacia el(la) usuario(a) de Instagram que me confunde. Me traslado al inicio de mi día a día que es en el gimnasio, y pienso en cómo me vería haciéndome un video mientras me ejercito: rojez casi alarmante en la cara, mi pelo corto y desordenado emulando un rave y sudor a diestra y siniestra. Aquí no es.
Me adelanto al viernes y me visualizo en una fiesta pasadas las 2 de la mañana… ¡pero qué hago!, si mi carrete está invadido de material de este tipo; veo unos cuantos videos para corroborar que ni mi ángulo, ni el de mis amigas, se llevan bien con el alba; esos recuerdos que se queden en la memoria, la real, no la del teléfono.
Ahora estoy sentada en un restaurante muy cuqui, ambientado como en la versión moderna de la película de Maria Antonieta, al que, imaginariamente, voy a brunch todos los domingos. Frente a mí un bufete de pequeños pastelitos, que de lo bonitos da lástima comerlos, chocolates y malteadas con crema coronadas con cerezas, tan rojas como mi cara del gimnasio, una composición artística que a la vez lleva consigo más de 2000 calorías, cifra que me tendría con el colesterol por las nubes y quizás al borde de la obesidad. ¿Cómo lo hacen?, ¿verdaderamente se lo comen?, si así es, ¿porqué no portan ni un gramo de grasa?, ¿lo piden, lo pagan y lo dejan?, ¿son bizcochos de plástico para la foto?… muchas dudas.
Dejo a un lado el teléfono y me doy cuenta que llevo más de una hora pensando en tonterías, que para lo único que han servido es para escribir este artículo. Algo es algo. Me duermo contaminada por las redes sociales. No lo vuelvo a hacer, pienso. Suena la alarma al día siguiente y el bombardeo visual ya ha comenzado de nuevo. Comienza un día más de perfección para los denominados influencers de las redes, quienes profesan a vox populi una felicidad casi que inalcanzable. ¿o seré muy incrédula?.
Mi crítica a este tipo de contenidos nada tiene que ver con las palabras de mi abuela, o con que no posea el don de la fotogenia; tampoco es el resultado de ser una escritora hater de la vida. Todo lo contrario, ¡amo la vida!: la real, la de carne y hueso, la que no se maquilla todos los días, la que suda y la que llora; la vida que sí se permite una hamburguesa doble sin tener que hacerle un previo estudio fotográfico, la vida en la que a veces se hace el oso, en la que sonreímos con un trozo de cilantro entre los dientes, en la que bailamos hasta el amanecer sin importarnos si nos vemos gordas, flacas, altas o bajas. La vida con menos tacones y más los pies sobre la tierra. En suma: la vida imperfecta.
Insisto. Es la naturalidad, con sus fallas y defectos, la que nos hace realmente únicos y transparentes ante los demás, pero más que nada, ante nosotros mismos. Si bien, hemos sido casi que obligados a vivir en la época de la saturación digital, que nos ha vendido un ideal utópico de la perfección materializado en la belleza física, el dinero y la acumulación de cosas; creo que podemos intentar darle un «unfollow» en nuestras vidas a ese entorno consumista, irreal y profundamente individualista, que más allá de la popularidad social o la micro-fama que pueda otorgar, sólo representa la fragilidad de los vínculos humanos que hay detrás de las frenéticas redes sociales.
Quizás sea igualmente utópico pretender volver al anonimato digital, pero si vamos a renunciar a él, porqué no publicar lo que es verdad, sin filtros, sin postureo, sin pretender mostrar lo que no somos.
Yo las y los invito a hacer mejor ese ejercicio.
