Hace poco asistí a un evento de liderazgo femenino muy interesante. Sin entrar en mucho detalle, y no porque no merezca la pena, se trataba de un foro en el que las panelistas analizaban el papel de la mujer en el siglo XXI, desde sus diversos ámbitos profesionales y académicos. El panel lograba adentrarse a visiones diferentes y en cierta forma complementarias. Primero la visión filosófica, que exploraba las verdaderas diferencias entre los géneros que van más allá de roles o funciones específicas. Luego entró la visión libertaria, a partir del empoderamiento femenino y la necesidad de romper las pequeñas burbujas de exclusión. Más adelante llegó el turno de la resiliencia, la capacidad transformadora de la mujer que durante años fue víctima de abusos sicológicos y físicos, con el poder admirable de transformar su dolor en un futuro esperanzador. Y por último, la visión racional, exacta y precisa: las cifras. Números que demuestran la brecha abismal que aún existe para alcanzar la equidad en Colombia. Aún nos queda mucho por recorrer en este camino, pero eso no es nuevo para nadie.
Lo que me lleva a escribir este artículo, son las reflexiones que vinieron después.
Si bien, miles de mujeres en Colombia trabajamos, estudiamos, e intentamos desde diferentes campos, eliminar los absurdos y arcaicos conceptos de inequidad de género, muchas veces esta labor se queda detrás de lo que, incongruentemente, hacemos sin pensar: ser nosotras mismas las mayores exponentes del machismo y auto-confinarnos en una celda que reprime nuestras más profundas libertades. ¿Porqué sin pensar?, porque tenemos un chip implantado que, desde que nacemos, nos predispone a actuar así. Estamos programadas por la historia, las religiones y los conceptos clásicos en los que la mujer siempre ha estado por debajo del hombre. “Lo que diga tu papá”, “las niñas juegan con muñecas”, “actúa como una señorita”, “eso no es para mujeres”…
Pero por encima de los paradigmas típicos frente al rol que como mujeres, supuestamente, debemos desempeñar, están esas demostraciones de machismo naturalizadas que damos por sentado y nos convierten al mismo tiempo en víctimas y victimarias. En esta ocasión quisiera dedicar mi artículo a algunos de esos casos que tendrían que ser modificados por nosotras mismas, y para ello, estoy obligada a criticarnos constructivamente.
Yo critico, tú criticas, ellas critican..
Que predecibles tendemos a ser las mujeres cuando de criticar a otra se trata. Nuestro mejor mecanismo de defensa, tristemente, es el de atacar a nuestra supuesta amenaza hablando mal de ella. Todavía no hemos entendido que cuando adoptamos ese rol de brujas criticonas lo único que estamos demostrando a nuestro interlocutor es inseguridad, inmadurez y debilidad. Que si gorda, que si flaca, que mal arreglada, que muy exagerada, que bajita, que alta, que bruta, que muy ñoña…Pasemos la página de vivir en un constante ataque entre nosotras mismas, seamos “más hombres” en este sentido. Apoyémonos, apreciémonos, demostremos que podemos trascender de los egoísmos absurdos que solo nos afectan a nosotras mismas, porque más allá de ponerle las orejas rojas, tu criticada sigue su vida tan feliz y campante sin enterarse de nada.
La criminalización de la otra:
Está claro que a nadie le gusta ser engañado, nos sentimos ofendidas, traicionadas, utilizadas, y caemos en el error de compararnos silenciosamente con la otra persona y gritar a vox populi que la culpa es de ella. “Esa vieja es una perra”, “ella lo sedujo”, “confío en él, pero no en las otras mujeres”. Amigas: el único culpable, si es que queremos buscarlo, es quien nos ha engañado faltando a nuestra confianza, y eso sin entrar a analizar las infinitas razones de fondo por las que se dan las infidelidades. La amante es, en cierta forma, una víctima más, y en todo caso, así duela, ella no es quien nos ha engañado. Superemos eso de llorar la traición odiando y criminalizando a la otra.
“Hágase desear”
No lo dijo mi abuela, lo escuché hace poco en una conversación entre amigas: “Hágase desear porque sino la utilizan”. ¿What?. Analicemos esa premisa que pareciera como una verdad absoluta: “Hágase desear”, es decir, seduzca pero poquito, caliente el fuego pero no ponga el sartén. Básicamente, y me perdonarán la expresión, sea una calienta-huevos, de tal manera que el macho la desee pero no pueda tenerla, ¡pero ojito!, al mismo tiempo reprímase a usted misma, porque si vive a plenitud su deseo va a ser utilizada, como un objeto, así tal cual. ¡Mujeres!, nadie más es dueña de sus deseos y sus cuerpos que ustedes, vivan hasta donde quieran, sin miedos, sin recriminaciones; eso sí, queriéndose y respetándose a sí mismas. Dejemos para la historia los cinturones de castidad medievales.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
La bendita -(o maldita)- culpa. Ese sentimiento que es peor que cualquier resaca de domingo. “Es que yo he debido decirle esto”, “Es que yo hice aquello”, “ me dejó por mi culpa”.
Qué costumbre la que tenemos de auto-condenarnos como las culpables de todo. En un lapso de pocos minutos somos capaces de recriminarnos hasta la respiración. Nos echamos a nuestra espalda todos los posibles – (e imposibles) errores garrafales, que según nosotras, hemos cometido para acabar una relación. Yo confieso que he llegado a pasar horas rumiando en la cama, con las cortinas cerradas, en mi propio calabozo, analizando una y otra vez mis supuestas equivocaciones; dándole vueltas a los más absurdos pensamientos y entrando en un bucle infinito que solo me ha hecho perder el tiempo, y lo peor, las energías. Tarde o temprano nos damos cuenta de que todo el esfuerzo por convertirnos en nuestras propias justicieras ha sido en vano, que esas fantasías recriminatorias no existían, y que esa convicta que veíamos en el espejo no era tan mala como pensábamos.
“¿Quién pagó la cuenta?”
El que paga es él, otro machismo naturalizado que nos han metido en la cabeza y que se cae bajo su propio peso, o es que acaso, como dirían popularmente: ¿nuestra plata no vale?.
Quizás una de las primeras preguntas que nos hacen, después de que hemos ido a cenar con un posible date sea esa: ¿Y quién pagó la cuenta?….como si de la respuesta dependiera el resultado de la cita o definiera el tipo de persona que nos acompañó. ¿Qué importa quién pagó la cuenta?, en mi caso eso es insignificante. Otra cosa es dar con un recostado del tipo: “se me quedó la billetera”, pero si queremos vivir en un mundo igualitario, eso también aplica para los gastos de invitaciones, ¿no?.
“El hombre propone y la mujer dispone”
Este sí que lo decía mi abuela, con justa razón para la época en que vivió. Pero si hoy todavía pensamos eso, tendremos entonces que ser consecuentes con todo el contexto de conferir el poder al hombre: ¡porten sus delantales, agarren escoba, plancha y trapero, y esperen a su macho con la cena lista en casa!. Nada que ver, ¿cierto?.
La mujer y el hombre proponen y disponen, eso es de igual a igual. ¿Quién debe escribir primero el mensaje de whatsapp?, quien primero sienta ganas de hacerlo. ¿Quién debe decir “lo siento”? quien haya cometido el error. ¿Quién debe invitar a tomar un café?, a quien le plazca antes. ¿Quién debe proponer dar el siguiente paso?, quien sienta que ya es hora de hacerlo.
As simple as that.
Realmente si lo vemos desde fuera, ponernos en el mismo lugar que los hombres es salirnos de los paradigmas e imaginarios que, sin culpa hemos heredado, pero con culpa seguimos alimentando. Cambiar los prototipos no es tan complicado como parece, es darse el justo valor que tenemos. Es trascender hacia un pensamiento libre y autónomo, que les aseguro, solo trae tranquilidad, plenitud y felicidad. Lo digo con justa causa, porque yo me encuentro ahí.
