El cine del mundo occidental nos ha vendido una imagen facilista e inverosímil de finales felices y probablemente el género que más daño ha causado en el imaginario colectivo de las mujeres, sea el cine romántico.
Muchos años atrás, antes de llorar en Casablanca con el «siempre nos quedará París» entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, envidiar a la siempre perfecta Audrey Hepburn y sus diamantes, o ver a Richard Gere ciego de amor por una alocada Julia Roberts en Pretty Woman, mucho antes, a finales del siglo XVIII en Alemania e Inglaterra, un grupo de artistas y filósofos rebeldes decidieron darle un giro a la frialdad del neo-clasisismo que daba supremacía a la razón por encima de los sentimientos, para darle la bienvenida a una de las más bellas corrientes artísticas de la historia que a la vez nos ha jodido tanto: el romanticismo.
Ninfas y diosas en los lienzos, campiñas florecidas, melodías que aún estremecen el oído y cuentos medievales con castillos y princesas, abrieron la puerta a ese mundo mágico elevando las expectativas del amor.
Que levante la mano quien no se ha sentido Cenicienta, o ha querido convertir al sapo en príncipe. Que tire la primera piedra la mujer que no ha sentido presión por casarse con el «hombre ideal», adinerado, con buena pinta y posición social, gracias a las historias de Jane Austen.
Casi un siglo después, en 1986, la novela rosa se sale del papel para llegar a la pantalla con el cortometraje «El beso» de William Heise, osado director que se atrevió a mostrar el primer beso en la historia del cine. Desde entonces innumerables cintas de este género han deleitado los ojos espectadores construyendo un patrón, casi estándar, del ideal romántico.
Volvamos al presente: la era de las pantallas. Hay que aceptar que la novela rosa ha sufrido un letargo en cuanto a sus estándares de producción. Ya no se ven los esfuerzos de guionistas por conferir aunque sea un toque de realismo en sus historias. El cine romántico nos transmite la misma historia una y otra vez y nosotras seguimos comprándolo aunque cada vez esté más lejos de la realidad. Imaginemos un par de estas historias trasladados a la vida real:
TOMA 1: EL AMOR A PRIMERA VISTA
Cine: Un hombre y una mujer se suben en el mismo vagón del tren que curiosamente va casi vacío. Sus miradas se cruzan y los dos sienten que acaban de ver a la persona con la que han soñado siempre. Sonríen tímidamente y al cabo de pocos minutos el tren se detiene en la estación. ¡Qué casualidad!, los dos se bajan en esa parada. Toman al mismo tiempo las escaleras hacia la calle y con cada escalón que suben la pasión entre los dos hace lo mismo. Él se acerca tímidamente y le pide su número telefónico. Al cabo de 60 minutos del filme, los dos desconocidos terminan casados, con tres niños, un golden retriever y una casa en la montaña.
Vida real: Un hombre y una mujer se suben en el mismo vagón del tren que va completamente lleno de trabajadores. Ella ve al hombre y lo encuentra atractivo, lo observa por unos segundos y él quita los ojos del teléfono para devolverle la mirada. Ella escribe a sus amigas : “Acabo de ver al hombre de mi vida en el metro (emoticón de cara guiñando el ojo)». A los pocos minutos el tren se detiene en la estación. El desconocido se baja, a ella le quedan tres paradas más. Jamás se volvieron a ver.
TOMA 2: IDEALIZACIÓN DEL SEXO CASUAL
Cine: Una pareja, que horas antes se ha conocido en un bar, pasa una noche romántica llena de pasión y ternura. Sus cuerpos desnudos se juntan hasta concebir el sueño. A la mañana siguiente, ella radiante abre sus ojos para contemplar a su acompañante que aún duerme. Él se despierta como si supiera que lo están mirando, los dos sonríen y se entregan en un profundo beso de amor que da inicio a una épica e idílica relación.
Vida real: Una pareja, que horas antes se ha conocido en un bar, pasa una noche llena de pasión. Sus cuerpos se separan y conciben el sueño sin darse cuenta, a causa de las copas de más. A la mañana siguiente ella, despeinada con el maquillaje desecho sobre sus ojos y sintiendo que le martillan la cabeza, sopla su mano con disimulo para ver qué tan grave está el aliento; confirma sus sospechas, así que un beso de buenos días no es una opción. Él ronca como un oso a su lado dándole la espalda. Ella se pone en pie sin hacer mayor ruido, busca con agilidad sus prendas en la habitación y se viste. Justo cuando está a punto de evacuar la escena, el oso despierta, la saluda y le profiere un dulce «chao, te escribo por whatssapp».
Anhelar un final feliz puede que sea una eterna y viciosa contradicción. El verdadero final, para los que no estamos tan convencidos del más allá, es el día en que nos vamos de aquí, ¿no?. Prefiero pensar que las terminaciones que vivimos en nuestra película de carne y hueso, son un largo párrafo lleno de puntos seguidos. Mini-finales que siempre, así tarden, abren la puerta a nuevos, y algunas veces, mejores capítulos.
