El fenómeno de las tecnologías de la comunicación digital creció en la última década de manera vertiginosa y sin darnos cuenta nos tragó enteros. No tengo claro el orden cronológico, tampoco es importante, pero a grosso modo en mi caso todo comenzó con el chat de ICQ, luego una breve iniciación en las redes sociales con MySpace (verdadera oda a la cursilería), al poco tiempo Facebook y Twitter, pero quizás la plataforma que más ha cambiado los códigos de comunicación trivializando el precioso arte de la fotografía y convirtiéndonos en esclavos de la apariencia es hasta ahora: Instagram.
La moda comenzó más o menos en el 2006 cuando la matrona de la superficialidad Paris Hilton se atribuyó los derechos de autor de la selfie, título que mantuvo por muy poco tiempo después de que alguien, tan desocupado como ella, se pusiera en la tarea de investigar la primera auto-foto de la historia (que se capturó en 1839), lo que sí debemos abonarle a la señorita de los chihuahuas con ropa, es que a partir de entonces la selfie adquirió no solo un espacio en el Diccionario de la RAE sino un papel protagonista en la vida de las personas.
Selfie con cara de pato, selfie viajando, selfie comiendo, selfie con mascotas, selfie en bikini, selfie con famosos, selfie con novio, selfie sin novio, selfie en el gimnasio… En cualquier contexto o situación la cultura selfie, – que paradójicamente no se trata de una experiencia con uno mismo sino de divulgar información que a la mayoría les importa un bledo, se ha convertido en una incansable carrera por demostrar qué tan felices y exitosos somos, o más bien, qué tan felices y exitosos aparentamos ser para poder validarlo a través del número de «me gusta» que recibimos. En suma la reacción modernizada a una de las necesidades básicas de la pirámide de Abraham Masglow (1943): reconocimiento.
Los seres humanos hemos necesitado de la aprobación de los demás desde que somos víctimas de nuestro propio ego, es decir: desde que tenemos uso de razón, el tema es si verdaderamente esta nueva cultura del reconocimiento a través de un guión fotográfico, en el que la apariencia supera la esencia, realmente nos llena de amor propio o por el contrario nos sumerge en un espejismo que solo alimenta más nuestras inseguridades.
¡Qué fácil es caer en el auto-engaño! dejamos pasar nuestros «aquí y ahora» por estar enfocados en mostrar la mejor falsa-versión de nuestra realidad.
Que cada quien es libre de sacarse las fotos que le dé la gana es muy cierto y como fiel defensora de las libertades no podría ignorar que la expresión propia de las personas y la manera en cómo se presentan ante los demás hace parte de la fascinante y heterogénea especie humana. Lo triste y reprochable es que nos hemos convertido en esclavos de la apariencia, presos de una constante comparación con los demás intentando demostrar lo que creemos que deberíamos ser y olvidando que en nuestra autenticidad no necesitamos seguir patrones ni estereotipos que nos hagan parecer más bellos, más inteligentes o más exitosos, porque en esta realidad, afuera de los filtros y los marcos ya lo somos.
-Bonus Track-
Seis tipos de selfies que deberías dejar atrás en el timeline de tu vida.
- La selfie mostrona: si, esa selfie que te sacas con un primer primerísimo plano de tus pechos en bikini, con la planeada excusa de mostrar la florecita que está en tercer plano que prácticamente no se ve, esa selfie definitivamente debería abolirse y creo que no debo profundizar en las razones porque son bastante obvias.
- La selfie sensual con frase espiritual: una variación de la anterior pero con un mea-culpa más evidente y descarado. Tal vez sea la más lamentable de todas las versiones. #BendecidayAfortunada
- La selfie en el espejo de un baño: sexy o no sexy la auto-foto en el espejo de los baños puede resultar un poco desagradable por lo que representa el escenario, más aún si se alcanza a ver en el fondo el sanitario, no rotundo.
- La selfie durmiendo – no durmiendo: las bellas durmientes no existen, y tampoco tienen la habilidad de sacarse fotografías mientras están bajo el abrazo de Morfeo.
- La selfie del beso con novio: jamás he entendido la marcación de territorio de las parejas en las redes sociales, encuentro un poco absurdo escribirle declaraciones públicas a la pareja cuando se le pueden decir las cosas de una manera más directa y personal.
- La selfie mostrando lo que compras: cada quien es libre de gastar el dinero en lo que más le apetece, como si es un bolso de 1.500 euros o una imitación de 50, pero si lo haces con la intención de aparentar el resultado será el mismo, una proyección materialista que a lo mejor no te define en realidad.
