Hace unas semanas un amigo me recomendó descargar lo que según él prometía ser el boom de las aplicaciones para conocer gente, eufemismo para no decir de frente lo que verdaderamente es: ligar, levantar, cortejar o para algunos directamente tener sexo.
La descargué con incredulidad a pesar de sus buenos reviews. Meses atrás había decidido cerrar todas esas aplicaciones, no solo por considerarlas superficiales y muy poco humanas, sino porque más allá de mis juicios ético-morales y aunque en mi trabajo estoy destinada a co-existir con el mundo digital, en mi vida personal me considero negada para este tipo de comunicaciones. A lo sumo me defiendo en el chat de WhatsApp y con constantes quejas de mis contactos.
La aplicación recomendada por mi amigo funcionaba igual que las demás. Era una alternativa más en este mundo del marketing digital de las relaciones de pareja que expone a hombres y mujeres como cajas de cereales en el pasillo 15 de un Walmart. Decidí aceptar la invitación y la descargué. Sin haber llegado a llenar mi perfil empecé a ver caras lo suficientemente conocidas como para preferir mantener mi anonimato, así que al cabo de unos minutos la volví a cerrar. Au revoir dating apps. Esta vez es en serio.
Mi iniciación en este mundillo comenzó con Tinder, aplicación que en ese entonces estaba en furor al mismo tiempo que mi tuza romántica empezaba a ver algunas luces. La abrí, escogí un par de fotos y me lancé al ruedo. Creo que desde el principio entendí mal el modus operandi porque me lo tomé de una forma un tanto platónica. Me dedicaba a tener conversaciones eternas con los denominados «matches», les hablaba de cine, del trabajo, de libros, de mi pasión por los animales, la naturaleza, de viajes y hasta de aspiraciones futuras. Inocentemente creía que esas tertulias digitales podrían llegar a establecer la conexión humana que buscaba, así que después de dudarlo mucho decidí dejar de teclear y salir a conocer verdaderamente a mis más fieles interlocutores. Aquí una reseña de los más recordados:
- El chico mandala
El chico Mandala, estaba en Colombia de paso, había vivido los últimos años de su vida en otro continente y se le notaba. Era culto, de pensamiento libre, sencillo, noble y con una energía positiva que irradiaba tranquilidad, tal vez demasiada para mí y mi acelere. La primera vez que salimos a cenar le propuse que pidiéramos hamburguesas, me pareció que era el menú perfecto, no pretensioso, que se adaptaba a todos los presupuestos y como plus le enviaba la señal de no ser la chica «yo solo como ensalada. Gracias», «Soy vegano» me respondió, así que pedimos la ensalada. Salimos un par de veces más y cada vez la compañía se hacía más agradable. Sin embargo y a pesar de que su veganismo radical me llevó a descubrir un mundo nuevo de apetitosas y a la vez raras preparaciones gastronómicas, debo confesar que el cambio radical de dieta afectaba un poco mi sistema digestivo, y lo digo sin vergüenza, porque cenar pasadas las 9 de la noche con festines de garbanzos, quinoa, frijoles y lechuga para una persona que no está acostumbrada puede resultar bastante peligroso. Pero no obstante nuestras diferencias alimenticias seguimos saliendo, postergó un mes más el retorno al país en que vivía y en medio del idilio decidí invitarlo a una fiesta de matrimonio en otra ciudad. Las anécdotas de aquel viaje darían para escribir un artículo entero, pero para no alargarme más, fue el momento en que caímos en cuenta de que Tinder nos había servido para cosechar una bonita amistad, porque a mi no me entusiasmaban mucho los mandalas ni el feng shui y aunque lo intentara no podía alimentarme de tofu, y a él, para simplificarlo aún más, le parecía un poco nefasto verme devorar 250 gramos de carne oreada. Final del Tinder 1.
Podría decir que la primera fue la derrota, porque de ahí para adelante las citas no pasaron de un día o incluso horas. Aquí un par de historias más.
2. El foto engaño
Decidí darme una segunda oportunidad con otro de mis asiduos conversadores. Era un poco mayor que yo pero en la foto parecía que la diferencia de edad no se notaba mucho, esta vez me dejé llevar por lo físico, mea culpa. Nos pusimos una cita en un bar en Bogotá un miércoles para que la cosa no tuviera riesgo de pasar de más de dos cervezas. Llegué un poco más tarde, a propósito, y empecé hacer un paneo visual del local sin lograr identificar su cara. «¡Hola!», oí que me llamaban desde la barra, observé dudosa, «si, soy yo, te estoy esperando», me senté a su lado e inmediatamente me di cuenta que las fotos que había puesto en su perfil no tenían menos de una década. Con cierta decepción pedí una cerveza tipo lager que se hizo más amarga al saber que tenía 4 hijos, estaba en proceso de divorcio y desempleado. En el ultimo sorbo que quedaba en el vaso, me excusé formalmente y pedí un taxi. Final del Tinder 2.
3. El escritor famoso
El escritor había publicado libros que podía encontrar en varias librerías de renombre en la ciudad, era un tipo de lápiz y libreta, de poco interés por lo mundano y más que nada ensimismado en sus proyectos editoriales, que en ese entonces se trataba de una búsqueda minuciosa de poetas amateur en todos los rincones de Latinoamérica, por supuesto que desde un principio pensé que nada estable podría surgir con un trotamundos de este calibre, pero me pareció interesantísima la idea de conocer y conversar con un escritor, un «escritor-escritor». La cita fue bastante sui-géneris, porque de coincidencia, o no, la noche que habíamos quedado yo estaba con dos de mis mejores amigas, así que concretamos una cita grupal, el llegó con un amigo y yo con las mías. Pues resulta que aquello de ser un escritor y poeta ensimismado tenía mucho de cierto y pasaba más al egolatrismo fundamentalista. El escritor famoso solo hablaba de él, no era muy fan del feedback y encontraba todos los demás comentarios como falsos, equívocos o poco interesantes. Fue una noche larga de monólogos que jamás volveríamos a escuchar. Fin del Tinder 3.
4. El amor a primera vista
En mis treinta y pico años de vida jamás he sentido la famosa utopía que nos muestran en las películas, el amor que surge de la nada sin saber o conocer la más mínima cualidad o defecto de la otra persona, pues bien, a mi Tinder #4 le pasó, o por lo menos todo indicaba que por alguna razón mi presencia lo dejó instantáneamente flechado (miedito). Quedamos en un conocido bar de Madrid, era español, yo nuevamente me encontraba con una amiga, (podrá percibir el lector o la lectora que soy bastante mala para las citas a ciegas). Era el día de San Isidro, celebración que se toman muy a pecho en la madre patria, así que mi cita apareció vestido de chulapo con una boina gris que a los pocos minutos le sugerí quitarse. Bailamos al ritmo de éxitos ochenteros del rock en español y al cabo de un par de horas pasándolo bien, me pidió que lo acompañara a la calle a fumar un cigarrillo y en ese momento el chulapa madrileño se convirtió en Eros. La declaración de amor en pocos minutos describía lo que serían nuestros próximos días visitando museos y parques, el fin de semana saliendo a su casa de verano y los próximos meses recorriendo el país. Pensé que era efecto de las cervezas que habíamos tomado y no le presté mucha atención. La noche terminó con su compañía hasta el portal de mi casa no sin antes darle mi número (grave error). A la mañana siguiente sus propuestas de vida en pareja seguían en pie, seguí ignorando cordialmente la conversación pero el tema continuó por varios días . Mensaje tras mensaje, llamadas perdidas y dedicadas notas de voz con declaraciones me llevaron por primera vez a bloquear un número de teléfono. Fin del Tinder 4.
Los fallidos intentos como usuaria de la App me lo dejaron bastante claro. No estoy hecha para conocer a alguien con la predisposición de estar buscando pareja. Lo encuentro tan forzado y tan poco natural que me lleva inconscientemente a comportarme de forma extraña: derramo la cerveza, se me cae el tenedor, me tropiezo al salir y cosas así. Yo le dejo la era digital a mi trabajo, a los pedidos en línea y a lo mundano de las redes sociales, para las relaciones me quedaré siempre en lo análogo.
