En días pasados fue noticia nacional la valiente reacción que tuvo una mujer víctima de acoso sexual mientras hacía uso de un sistema de transporte masivo en la capital colombiana, ella, sin miedo, tuvo las agallas de enfrentar al agresor delante de la gente y denunciarlo a las autoridades a pesar de no haber recibido ningún tipo de apoyo por los demás pasajeros que incluso llegaron a gritarle que estaba haciendo un escándalo desmesurado. Tristemente el tema se quedó en una noticia más que a la fecha ya ha debido pasar al olvido.
El suceso me puso a pensar en las veces que como mujer me he sentido víctima de violencias machistas y en lo naturalizados que están estos comportamientos hasta el punto de que perdamos la noción de la delgada línea en donde pasamos a ser una cifra más de estos casos. En Colombia y más aún en pequeñas ciudades la interpretación de la figura femenina continúa un poco estancada, y aunque es cierto que cada vez somos más protagonistas en escenarios que salen fuera del estereotipo del ama de casa, la interpretación de nuestro rol aún sigue siendo equivocada en el ideal de una gran porción del género masculino, y en algunos casos del femenino.
Caso puntual: la criminalización de las que no sueñan con ser esposas y madres.
Hace unos meses mientras almorzaba con un grupo de conocidos, en su mayoría hombres divorciados, surgió el tema de las relaciones de pareja, todos compartíamos el status de solteros y nos preguntábamos porqué era tan complicado encontrar a la persona con quien queríamos compartir la vida, o un trozo de ella. Sentada en medio de lo que parecía un convite de machotes celebrando su más reciente victoria medieval, escuchaba sus opiniones y exigencias aparentando seguir con interés y normalidad los absurdos e irreales requisitos que su mujer ideal debería cumplir, «nada raro que a todos les haya fracasado el matrimonio» pensé, mientras afirmaba con la cabeza intentando ponerle mute a mi cerebro. Me había prometido mantener la boca cerrada siguiendo una frase que procuro aplicar en este tipo de charlas en las que sé que no hay cabida para la diferencia: aparentar ser tonta, delante de un tonto que aparenta ser inteligente, pero llegó el turno de opinar y en este punto la conversación ya había trascendido a los hijos. «Yo no tengo claro si quiero tenerlos o no» dije, y sin terminar la frase vi cómo esos guerreros de la masculinidad abrían los ojos de asombro e incredulidad; inmediatamente me di cuenta de que había tenido que esperar a que la conversación llegara a su fin sin pronunciar palabra, ya era demasiado tarde y erróneamente creí que lo mejor era explicarme.
Al principio me dijeron lo típico, que a mi edad ya debería tenerlo claro, que 35 era el límite para engendrar (como si también supieran a la perfección la vida útil de nuestro aparato reproductor), que si no encontraba un novio cuanto antes me iba a quedar solterona (razonamiento un poco irónico viniendo de un divorciado)…. lo típico. Entrados en gastos decidí continuar dejando clara mi opinión respecto a la sobrepoblación del planeta, la contaminación que cada ser humano supone y lo irresponsable que se está convirtiendo la reproducción humana; los comensales soltaron sus cubiertos, tragaron sus trozos de carne enteros y me enviaron directamente a la hoguera. Terminé mi amargo almuerzo de sábado y me despedí cordialmente después de haber sido catalogada como extrema feminista.
Situaciones de este tipo son muy frecuentes en la vida de las mujeres después de los 30 que hemos decidido pensarnos un poquito más el tema de ser madres y que no soñamos con vernos entrar a un altar. Algo tan sencillo como una cuestión de libre elección y de prioridades de la vida pasa a ser difícilmente comprendido por la mayoría de las personas que nos rodean. Sin embargo, y aunque haya expresado mi inconformidad con la reacción masculina en aquel almuerzo, el verdadero origen de los prejuicios alrededor del rol de la mujer en la sociedad radica en el imaginario colectivo, que a través de la historia ha sido alimentado por los dogmas, las creencias religiosas, los medios de comunicación y el aprendizaje que de generación en generación nos ha impuesto arquetipos en la definición de la juventud, el amor y la libertad, es decir la forma sistemática en cómo hemos sido programados desde el origen.
¿Qué hacer?, ¿cómo cambiarlo?. Innumerables son los colectivos de mujeres que dedican sus vidas a intentar romper el paradigma y cambiar los neo-arcaicos ideales machistas. Pero sin complicarnos tanto, y para nuestra fortuna, existe una corriente que aunque no ha sido atribuida a ningún filósofo, ni ha aparecido en textos existencialistas, es tan sencilla de entender como de aplicar: el «valehuevismo» adoptado como una salida práctica ante las reiteradas ocasiones en que nos dicen que nos está dejando el tren, porque lo que realmente no saben y quizás jamás puedan entender, es que el viaje lo estamos haciendo con nuestras propias alas.
