En Colombia existen 115 pueblos indígenas reconocidos (DANE 2018), los más numerosos son los Wayuu, Zenú, Nasa y Pastos que concentran el 58.1% de la población. El 82.2% sabe leer y escribir, y se estima que aún existen cerca de 80 lenguas y dialectos. Esta variedad excepcional en diversidad de etnias podría ser quizás, nuestro tesoro cultural más significativo, del cual habríamos podido heredar conocimientos ancestrales y su visión cosmológica que aún permanece en sus tradiciones y rituales; pero contrario a ser un motivo de orgullo, estas etnias, que representan nuestras raíces más puras, son desconocidas, ignoradas y continuamente violentadas.
El turista que visita Perú podrá darse cuenta del respeto y la fascinación con la que los Peruanos enarbolan sus raíces Incas. En México el legado Maya y Azteca es admirado por miles de visitantes del mundo. En Bolivia un líder indígena llegó a la presidencia y Guatemala carga el honor de tener el Premio Nobel de la Paz en las manos de una mujer activista indígena. En Colombia, en cambio, nos pensamos criollos, nos sentimos blancos y queremos ser arios. Aquí nos avergüenza reconocer que somos indígenas, tanto así, que ya se ha convertido en una forma peyorativa de describir a una persona indeseada: ¡Ese tipo es un indio! ¡No sea tan india! (duele escribirlo).
No tenemos un sentimiento de pertenencia étnica porque ignoramos por completo la existencia de nuestra población indígena; sabemos que existen los Wayuu y los Arhuacos porque hacen mochilas y pare de contar. Desde la infancia se enseña la historia patria a partir de la colonización, es decir que, el indígena se nos presenta desde el comienzo como un ser dominado, reprimido y derrotado, tanto así, que solo hasta la Constitución de 1991 se reconoció (en papel) la multiplicidad étnica del país y se permitió a las comunidades indígenas participar en la vida pública y política de Colombia.
Durante siglos, muchas generaciones de indígenas fueron completamente ignoradas. No existían en el mapa, no eran dignos de acceder a los derechos humanos fundamentales, así fue el caso de la masacre de la Riviera de 1967, en la que los colonos asesinaron en Arauca a 16 indígenas (incluyendo varios niños), y aunque suene difícil de creer, en el juicio argumentaron que desconocían que matar indígenas fuera delito.
Desde el asentamiento español el desprecio hacia los pueblos indígenas ha sido sistemático. Sus derechos han sido vulnerados en múltiples formas con la mayor crueldad y han sido despojados de sus creencias y tradiciones bajo la indiferencia del estado y la sociedad.
Hoy tenemos una gran deuda que saldar con ellos y el primer paso está en reconocerlos y en re-conocer que son parte de nuestra sangre, porque nos guste o no: ¡aquí todos somos unos indios!
